Por: Juan Pablo Ruiz Soto

Cerros, legislación y abandono

Para los bogotanos, los cerros Orientales son punto de referencia, no sólo para saber dónde queda el Oriente y cómo movernos en la ciudad, sino por su valor paisajístico como marco verde de la ciudad.

Los Cerros son íconos religiosos en Monserrate y Guadalupe, tienen un gran potencial como área de recreación, deporte y educación ambiental y son activos importantes en la dotación de recursos turísticos de la ciudad, que se posiciona como primer destino turístico del país. Sin embargo, el Estado, la administración distrital y la CAR los tienen abandonados ante la imposibilidad de intervenir, debido a la indefinición de competencias. Por seis años de tardanza en un concepto del Consejo de Estado, hoy no sabemos si es a la CAR o a la Alcaldía Mayor de Bogotá a quien corresponde la responsabilidad de su protección y manejo. Estos seis años de tardanza contrastan con los pocos meses que la misma institución se tomó para emitir un concepto similar referido a la construcción de las Autopistas de la Prosperidad.

El domingo pasado, la Fundación Cerros de Bogotá se tomó la Plaza de Bolívar y el Parque Simón Bolívar para manifestar pertenencia y exigir responsabilidad institucional al Consejo de Estado. Mientras el concepto no se emita, los Cerros seguirán transformándose y, como bien dice la directora de la Fundación: “Actualmente se observa una transformación por la presencia de plantaciones exóticas, un deterioro debido a los usos agrícolas, una alteración por fragmentación de la cobertura vegetal y una degradación por la ocupación urbana y la explotación minera, entre otros procesos”. A inicios del siglo pasado los cerros fueron deforestados al extraer leña para cocinar. Luego fueron espacio de extracción de materiales para la construcción de buena parte de la ciudad, inicialmente sin control alguno y luego regulados por la CAR y el DAMA, y ahora, buena parte de ellos está siendo invadida como espacio urbano para barrios populares y lujosas viviendas. A diferencia de Santiago de Chile o Caracas en Venezuela, donde los capitalinos conservan y utilizan como parte de la ciudad los cerros circundantes, los bogotanos estamos perdiendo una gran posibilidad de aprender a amar, respetar y disfrutar nuestro capital natural. Quienes los utilizamos como espacio para la recreación y el deporte, frecuentemente somos sorprendidos por la delincuencia común que parece tener mayor pertenencia sobre los Cerros que la Policía capitalina.

La Fundación Cerros de Bogotá ha diseñado y propuesto hace tres administraciones distritales el proyecto ‘Corredor ecológico y recreativo de los cerros orientales’, para iniciar el mayor pacto de borde de la ciudad: desde el norte hasta el sur de la ciudad, delimitando su uso urbano y con el propósito de crear un parque ecológico de 53 kilómetros de largo, recuperando la biodiversidad e incluyendo a la gente. Esta iniciativa merece todo nuestro apoyo, más ahora que el alcalde ha anunciado su propósito de democratizar el uso de los diferentes valores urbanísticos de la ciudad. ¿Cuándo será que el Consejo de Estado asume su responsabilidad con los Cerros, que son el capital natural de Bogotá y, por ende, de todos sus habitantes?

 

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