Por: Cristina de la Torre

César Gaviria: manzanilla añeja

Ah, entonces la jugada apuntaría a entregarse en brazos de la ultraderecha a cambio del Ministerio de Hacienda para Simón y de colocarlo a tiro de Presidencia en 2022, señala Cecilia López en El Tiempo. La contraprestación, confirmada por hechos en cadena, hundir a De la Calle; único candidato con credenciales para sacar a Colombia del pantano y asegurarle un futuro en justicia y democracia. Así, el pupilo de Uribe sumaría a su caudal votos decisivos del liberalismo; y se frustrarían las reformas que el país anhela, coco de la caverna. Moñona. Ya un largo rosario de acciones y omisiones en cabeza de César Gaviria revelaba la intención de ahogar a De la Calle en manzanilla. Pero en entrevista que concedió el 8 de abril a Yamid Amat, el jefe del liberalismo escaló de intención a ofertas al adversario, con sabor a traición: en plena brega de campaña por pasar a segunda vuelta, ya da por derrotado al candidato de su partido. Y busca negocio con el mejor postor —con Duque, de preferencia, amiguis de Simón—.

Como presagiando con el deseo, le dijo Gaviria a Amat que si su candidato no pasaba a la final, el nuevo presidente tendría que contar con el Partido Liberal para gobernar. Que “nos tocará decidir entre los candidatos que queden…”. Que Duque no es el coco, es hombre de centroderecha, como lo es su partido, el Centro Democrático. Que él no haría una “oposición sistemática”, si fuera el caso, pero que, “obviamente”, siempre será mejor gobernar que hacer oposición. Ya desde el principio, agregó, “no fui amigo de vetar al CD o a su candidato. No lo quise hacer y no lo voy a hacer”.

Claridad meridiana que parece sellar un ciclo de boicot abierto o soterrado a la candidatura del estadista hacedor de gestas que harán historia. Ya se atravesaba Gaviria en la conformación de una coalición de centro cuando todo le auguraba el triunfo a esta opción; y chantajeaba al candidato con negarle los fondos de campaña, si insistía en ella. Ya se ausentaba por vacaciones cuando más se le requería, faltaba al lanzamiento del programa y a los actos de campaña. Para terminar convocando a la bancada liberal en apoyo a De la Calle, tras seis meses de soledad, a la hora de nona, cuando ya la mayoría de parlamentarios liberales había negociado en secreto con Duque y, los menos, con Vargas. Alardeando independencia, promueve Gaviria una tardía adhesión de bancada al candidato hasta primera vuelta, sólo para tener con qué negociar en segunda con quien toque.

¿Reminiscencias del Gaviria que fuera viceministro de Desarrollo de Turbay, el patrón que abrió en este país la tronera de la corrupción con la bien usada palanca del clientelismo? ¿No le resulta natural buscar ahora al emisario de Uribe, hijo de Iván Duque Escobar, prominente turbayista de Antioquia? ¿O hacerle coquitos al propio Uribe, protagonista de desafueros sin nombre? Como el espectáculo de indignidad de esta semana en pleno recinto del Senado, donde cubrió de escarnio, a grito herido, el puño en alto, al senador Galán, porque aludiera éste a lo que todo el mundo sabe: que los hijos del expresidente compraron por $180 millones un predio cuyo precio se disparó en meses a $54.000 millones, gracias a argucias legales y mientras ejercía su papá la Presidencia.

Fresca todavía la tinta de la Constitución del 91 que se ambientó en apasionada cruzada contra el clientelismo y la corrupción, en aparente mea culpa con su propio pasado, declaró el entonces presidente Gaviria: “la política tradicional, viciada por el clientelismo, es rebasada ahora por un estilo político purificado de las prácticas que todos rechazamos”. Por lo visto, no todos; y, ahora, tampoco él, paladín de añeja manzanilla. Su campaña contra aquellas taras de la política fue flor de un día.

 

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