Por: Angelika Rettberg

Cese al fuego: ¿Cuándo y para qué?

Cuándo ofrecer un cese al fuego en un proceso de paz, cuándo exigirlo y con qué objetivos constituye uno de los dilemas más importantes para las partes involucradas en un proceso de paz.

Para unos, especialmente para aquellos que ven factible una victoria militar, un cese al fuego puede constituir una concesión inadmisible, en tanto puede otorgar ventajas y descanso al bando opuesto y desacreditado y muestra una innecesaria debilidad. En otras palabras, en ausencia de una sincera voluntad—expresa o percibida—para desarmarse, un cese al fuego puede ser percibido como una oportunidad para reconfigurar fuerzas en vez de terminar con el enfrentamiento de una buena vez.

Para otros, un cese al fuego constituye una condición necesaria sin la cual no es posible hablar seriamente de paz. ¿Cómo exigir que se combata al bando opuesto de forma simultánea con la realización de acercamientos y acuerdos en la mesa y sin entrar en profundas contradicciones políticas y morales? Negociar bajo una lluvia de balas, según esta posición, condena cualquier conversación al fracaso e invalida todos los avances.

En medio de ambas posiciones, parece razonable sugerir que, dependiendo del contexto en el que se negocie, el cese al fuego puede ser tanto un medio (para lograr confianza y para demostrar buena voluntad) como un fin (cuando constituye el punto final de una conversación). Además, sólo debería acordarse un cese al fuego cuando se cumplan dos condiciones: Primero, que haya una expectativa razonable de que las partes van a cumplirlo, porque les parece aceptable y porque pueden controlar sus tropas para hacerlo respetar. Segundo, que las partes permitan la verificación del cumplimiento del cese, ojalá por un tercero neutro. Antes de que se cumplan estas dos condiciones, el riesgo es elevado de que se viole un cese al fuego y que esa violación dé al traste con toda la negociación. Por consiguiente, la principal tarea inicial de una negociación es elevar el costo de la reincidencia en el conflicto para ambas partes. Sólo así se irá construyendo la disposición para un cese al fuego que se pueda cumplir y que genere una inercia virtuosa hacia el logro y la implementación de otros acuerdos.

Paradójicamente, por tanto, la voluntad de paz no se mide solamente (y, sobre todo, al inicio de un proceso de paz) porque se callen los fusiles. Paradójicamente también, exigir un cese al fuego cuando el proceso no está lo suficientemente maduro puede ser más perjudicial en el corto plazo que ventajoso. Sólo cuando se tenga claro para qué las partes quieren un cese al fuego podrá establecerse el momento adecuado de acordarlo.

* Angelika Rettberg, Directora y profesora asociada Departamento de Ciencia Política Universidad de los Andes

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