Por: Columnista invitado EE

Chapiyork

Luego sus dominios fueron de los dominicos. Después... de don José María Carbonell y Primo Groot. Y se fueron tornando en arrabal de artesanos.

Ahí donde está —tan urbano y posmoderno— Chapinero no siempre fue ciudad. Baldíos escarpados, poblados de espartillos, chusques y nogales, conformaban el casco rural de estos predios cuyo nombre tiene un origen tan bello como curioso.

Fundada Bogotá, un zapatero gaditano casado con hija de rico nativo usaqueño (así les decían a los oriundos de Usaquén; fíjense ustedes) estableció allí su taller. Hacía chapines… especie de calzado propicia para trasegar andurriales fangosos. De ahí el rótulo.

Luego sus dominios pertenecieron a los dominicos. Después… a don José María Carbonell y Primo Groot. Y se fueron tornando en arrabal de artesanos. Los capitalinos lo apodaron ‘El Villorrio’. Más adelante, con la llegada del tranvía a la zona y la construcción de quintas para reputadas familias bogotanas en sus contornos (los Silva y los Rueda Vargas entre éstos), Chapinero fue cambiando tan despectivo remoquete por el de la ‘pequeña Versalles’.

Así, su rústica iglesita fue reemplazada por el imponente templo de Lourdes, de levantamiento accidentado y largo. Con las décadas, de barriada campestre y residencial su naturaleza mutó a comercial. Y —vaya paradoja— durante los 60 de la centuria pasada constituyó el epicentro del ‘hippismo’ bogotano, con locales como La Bomba, con su pasaje —aromatizado a cannabis, palosanto e incienso— y con su parque Sucre… ubicado justo en donde centenares de años atrás plantara sus banderas don Antón, y en donde ahora cohabitan en solemne paz ‘skinheads’, ‘chapiyorkers’ y ‘rollers’

Hoy el vecindario es núcleo de moda vanguardista y fiesta. Esa misma que en los 90 inspirara espacios de aquellos a los que llamábamos ‘alternos’, tales como la legendaria Flor-Histeria. La noche no muere en Chapinero. Un colorido panorama de contrastes, traducidos en establecimientos variopintos, nos lo corrobora.

Las opciones incluyen desde mariachis afinados o desafinados de la Caracas, con precios que abarcan todos los matices del poder adquisitivo distrital, hasta clubes ‘hiper-fashion’ con énfasis LGBT, aunque —en ejemplar ejercicio de tolerancia y pacifica cohabitación—abiertos a todo discípulo de Dionisio, más allá de su predilección de género.

Esto, aparte de una visita a la hoy maltrecha Villa Adelaida; de una muy porcina re-creación dramatizada de Doña Paulina, vecina del sector en eras pretéritas, quien tenía a un agraciado cerdito por mascota; de una visita al nacimiento de la quebrada Las Delicias, en la zona chapineruna correspondiente a nuestros cerros orientales; de un vistazo panorámico desde el helipuerto del edificio de Claro; de una muy franca conversación con Tania Moreno y el Dr. Rock, par de leyendas ciudadanas de nuestros 60; además de algunas otras curiosidades, serán los atractivos del próximo capítulo de ‘Callejeando’, serie documental del Instituto Distrital de

Patrimonio Cultural, este domingo 3, a las 9 p.m., por Canal Capital. Esta vez desde Chapinero. Mañana desde cualquier lugar… abajo de Monserrate.

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2014-08-07T21:00:29-05:00

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