Las voces cantantes de la política

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No olvido una de las tantas discusiones que he tenido como periodista al que la vida, por méritos y algo de disciplina, lo puso como líder en las salas de redacción de dos de los medios más importantes del país.

Tuvo que ver cuando los miembros de la familia Nule se paseaban como reyes por cuanto escenario de la vida pública se les abría. Estaban en todas partes y una reconocida revista bogotana los puso en la carátula con un titular que jamás se me olvidó: “Los nuevos cacaos”.

No era un titular irónico como pensé inicialmente, porque me parecía que era una especie de golpe de portada a los líderes empresariales de Antioquia que, durante décadas, han trabajado muy duro por sacar adelante este país. Colombia los conoce como los cacaos del otrora llamado Sindicato Antioqueño y no ha faltado quien haya puesto en duda sus aportes al desarrollo de la región y de la nación.

Pues bien, como a los Nule, este país también graduó de cacaos de la política a los miembros del clan Char. Como ha graduado casi testamentariamente a muchas otras familias, esas que todavía están vigentes casi 60 años después del llamado Frente Nacional. Alguna vez le escuché decir a Germán Vargas Lleras que él tenía que ser presidente de la República porque era parte de la herencia que le dejó su abuelo, Carlos Lleras Restrepo.

Arturo Char es uno de esos especímenes. No tiene la culpa. Como tampoco la tiene Sandra Ramírez, la exguerrillera de las Farc que el pasado 20 de julio fue elegida como vicepresidenta del Senado, del que Char es su flamante presidente y cuyo mayor mérito, además de cantar y componer canciones, es ser hijo de Fuad Char y hermano de Alejandro, desde hace rato en la lista de presidenciables. Sandra fue la esposa de Manuel Marulanda, Tirofijo.

Char y Ramírez están ahí, quizás, por las dos fuerzas que han “gobernado” siempre a Colombia: el poder económico y el poder de la violencia.

Estamos ante unos nuevos cacaos, pues no hay otra explicación posible para entender por qué hemos llegado a semejante desarreglo institucional. Así como elegimos en altos cargos del Legislativo a personas de dudosa procedencia y reputación, hacemos lo mismo en las altas cortes, en los organismos de control, en las Fuerzas Armadas, en los gremios, en la academia. Pocos sectores de nuestra historia republicana se han librado de tanta desinstitucionalización democrática.

Lo de Arturo Char no es un acuerdo partidista. Es una respuesta del propio “establecimiento” a la oposición, convertida siempre en una trinchera desde donde se dispara con regadera y sin propósito.

Como elegimos a Char, entonces dejemos que elijan a Sandra Ramírez. El que peca y reza empata. El primero es fruto del poder económico y la segunda de “todas las formas de lucha”. Así es el propio Congreso.

Colombia avanza de “jugadita en jugadita” hace muchas décadas. El país se lo han repartido como lote de baldío. Unos por herencia, otros por posesión de hecho.

Luego no es hora de rasgarnos las vestiduras por la elección de Char ni menos por la llegada de la guerrillerada al Congreso. Allí ya tuvieron asiento los narcos, los paramilitares fueron invitados especiales y ayudaron a elegir a muchos parlamentarios. Ahora, no todo es tan malo, porque pecamos, rezamos y empatamos. En el Congreso hay personas valiosas, decentes, preparadas, que quieren lo mejor para el país. A ellos hay que reconocerles el valor de ser fiel de la balanza, aunque no pesen tanto como los que imponen sus fuerzas en las instancias de poder.

El coronavirus es un bicho insignificante comparado con la pandemia de la corrupción que durante décadas se ha tomado el cuerpo de nuestra enferma institucionalidad. Una institucionalidad en la que la voz cantante la llevan quienes, por herencia, son los dueños, los nuevos cacaos, del país. Esos que salen en las portadas de las revistas y de los periódicos.

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