Por: Lisandro Duque Naranjo

Chávez

En Guadalajara, México, me agarró la noticia sobre la muerte de Hugo Chávez.

En el festival de cine al que concurrí —un evento de proporciones monumentales, como todo en ese país—, el hecho impactó en los corrillos, los seminarios y las funciones. La delegación oficial venezolana, acabada de llegar luego de un viaje extenuante, emprendió el regreso de inmediato. La tarea de recibir los pésames inesperados la asumieron, sin proponérselo, cineastas de ese país, algunos de ellos no chavistas, quienes no obstante los aceptaron con respeto y sin hacer declaraciones de principios. Desde luego los abrumaba el desconcierto que entre gentes de tantas lenguas provocaba el deceso de ese coterráneo que trascendía la simple condición de mandatario de su país y se había convertido en un símbolo internacional. Sobre la mesa del stand de Venezuela se puso un crespón de luto y una pequeña bandera a media asta. La presión por butacas en las proyecciones, o por cupos en los cocteles, o por puestos en las mesas de discusión, disminuyó a causa del éxodo que se produjo hacia los cuartos de los hoteles a mirar por televisión las repercusiones del acontecimiento. Allí se vieron los centenares de miles de ciudadanos tristes haciendo una cola de nueve horas para contemplar el cadáver de su líder durante cuatro segundos.

Luego, en los lobbys y los comedores, la gente necesitaba conversar sobre las frases transgresoras, las primicias intrépidas, la locuacidad eufórica y dramática y hasta las canciones destempladas que caracterizaron el paso por la vida de quien en cada uno de sus actos desobedeció la corrección zalamera del político tradicional latinoamericano. Chávez dotó de suspenso los 13 años que han transcurrido del milenio, salvándolo del tedio de lo previsible y lo unánime. Alteró la narrativa, pateó la lonchera y se erigió en una de las causas por las que emergieron procesos contestatarios en todo el continente. La atracción por su figura entre los contadores de historias y hacedores de películas congregados en ese festival, paradójicamente, la concita un ser real que convirtió en hechos cotidianos las grandes ficciones. Que hizo tangibles movilizaciones épicas en un calendario lleno de frivolidad. Que sacó a la historia del marasmo y les aguó la fiesta a las potencias que tratan como subalternas a estas naciones del sur.

Ese festival es apenas un pedazo en la vida prolija de Guadalajara, y esta ciudad es solo una fracción en el planeta. Pero como fue allí donde se me convirtió en un hito la muerte de un hombre, quería dejar constancia de eso.

Ya después, en un regreso nocturno hacia Colombia, fisgoneando en pantallas ajenas de computador, en televisores de pasada por salas de espera solitarias y en puestos cerrados de prensa, seguían persiguiéndome los miles de rostros de venezolanos que persistían en su duelo.

Llegué sonámbulo, creo que a Bogotá. Se hacía la luz ya y me tiré a dormir. Puse la radio para que me arrullara y escuché en un noticiero mañanero a un comentarista, escritor él, decir: “esas camisas rojas de los que lloran en Caracas, son iguales a las que se ponían las multitudes enajenadas por Mussolini, solo que las de éstas eran de color pardo”. Y otro, columnista también muy prestigioso de este periódico, agregó: “Aún así me encantaría estar en Caracas viendo todo ese despliegue de tropicalismo. Puros Funerales de la mamá grande, o del Gran Burundún Burundá. Chirriadísimo, ala”.

Evidentemente había llegado a mi país.

 

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