Por: Lorenzo Madrigal

Chávez, el bueno

LA HISTORIA LES HA PUESTO MUY simples epítetos a algunos personajes, tales como Pedro, el grande; Alfonso décimo, el sabio; Isabel, la católica; Felipe, el hermoso, o su correspondiente: Juana, la loca, y por igual a otros. Se me ocurre que, para estas fechas y dada su transformación aparente, ya deberíamos llamar al coronel vecino: Chávez, el bueno.

No sólo por su sonrisa bien dibujada, con un leve portillo en la dentadura inferior, por las manifestaciones de amor a Colombia, por su descalificación de última hora de la lucha armada, por el restablecimiento inmediato de relaciones con nuestro país, rotas en un acto primo reciente; no sólo por todo ello, sino porque ha depuesto sus odios enconados al nuevo presidente de los colombianos y ha dejado de mencionar el nombre siquiera de su rival y émulo, objeto de sus injuriosos dicterios, Álvaro Uribe.

Esta otra personalidad del bifronte mandatario venezolano deja sorprendidos a muchos, no acostumbrados a los vaivenes de la política y a las variaciones temperamentales de quien gobierna caprichosamente a su pueblo.

El presidente de Colombia, de un gesto más bien tímido y de ojos achinados, se juega al póquer este acercamiento, nada previsible en las horas anteriores a su elección para el puesto que ocupa por altísima votación nacional.

El experimento, casi tan atrevido como el Caguán del presidente Andrés Pastrana y, como éste, en aras de la paz, dará o no sus frutos, dependiendo de los cumplimientos comerciales y de la verificación, que se promete constante, acerca de la presencia armada de los rebeldes colombianos en el territorio vecino.

Como en el juego del póquer los engaños son recíprocos, pero mientras las cartas se abren, hay frecuentes sonrisas, gestos amistosos y coexistencia de jugadores. El humo envolvía la tramoya, cuando se fumaba.

Disfrutemos todos de esta pax fingida y pasemos a temas menos obsesivos, dejando que las cosas se decanten por sí mismas, con el ojo avizor del Gobierno, desde la alta garita de las relaciones internacionales, negándole trascendencia a asuntos menos importantes, como enseñaba Santa Teresa, pues los temas realmente graves se atienden cuando aparecen de bulto.

La caída del acuerdo de bases es saludable y resultó mejor así, no como concesión lastimosa por parte de un gobierno intimidado por los vecinos del área, sino como producto del mismo país, pero de sus instituciones de justicia y control constitucional.

La colaboración norteamericana no se le negará a Colombia, como país amigo, pese a la frialdad de Obama, en un momento de peligro, pero se desmonta lo que sirvió de pretexto para ofender a nuestra Nación y exaltar ánimos de guerra en la vecindad, retroalimentados por sus propias provocaciones.

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