Por: Rodrigo Lara

Chequera vs. partidos

En la política existen verdades tan francas como engañosas. Hacer campaña descalificando a sus competidores por el solo hecho de pertenecer a un partido político, es una de ellas. En una sociedad hoy ansiosa por desenmascarar todo lo que huela a doble moral de los políticos, pocos discursos son tan taquilleros como el de despotricar de instituciones como los partidos políticos o el Congreso.

Los silogismos son contundentes: “los partidos son corruptos”, idea que comparten millones de colombianos; “sólo quienes hacen política por fuera de ellos detienen la moral; por lo tanto, “los que hacen campaña en un partido, no tienen autoridad moral”. Algo similar podríamos decir en relación con los congresistas o los concejales: “todos los congresistas y los concejales son corruptos”, piensan miles de colombianos apáticos a la política; ergo “sólo quienes hacen política sin ellos poseen el santo grial de la virtud”.

Este tipo de discurso es arrollador no porque en sí sea cierto, sino por la fuerza de su lógica y su exageración. Es una verdad coherente, pero con un fondo que responde a una visión frívola de la política como perversa por la manipulación que conlleva. Este discurso lo encontramos en muchas circunstancias de la historia. Fujimori se apoyó en él para cerrar el Congreso de su país bajo el aplauso rutilante de masas enteras. Los grandes sátrapas explotan el desprestigio de los partidos para desvanecerlos. En últimas, para gobernar autoritariamente hay que borrar ciertas instituciones o moldearlas a su manera. Para un Chávez, es más cómodo gobernar sin sindicatos y partidos políticos que intermedien entre él y el pueblo. Sin partido, los hombres se aíslan de sí mismos y de la esfera política. Los hombres aislados no tienen poder y una vez atomizados viven, en términos de Hannah Arendt, en estado de desolación.

A Carlos Galán han intentado descalificarlo por ser candidato de su partido. Le han llegado inclusive a pedir que renuncie a su candidatura por el peso de esta lógica manipuladora. Verdades engañosas que riñen con la realidad objetiva: se trata de un joven brillante y absolutamente transparente que asumió precisamente el costo de limpiar su partido político.

Estos silogismos desvían la atención del público de la raíz del problema más importante de la política: el peso de las chequeras en las campañas. ¿Qué diferencia de fondo existe en gastarse miles de millones de pesos en lechona y camisetas con emplearlos en cuñas, vallas y en no sé cuantos Rudolph Giulianis? En el fondo es lo mismo; son estrategias de manipulación; la primera está dirigida a llenar el estómago de los más pobres, mientras la segunda busca saturar y complacer a los medios de comunicación.

Galán, ciertamente, hereda la memoria de su padre, pero vive de su salario. Como cualquier colombiano, su único medio para aspirar a un cargo de elección es un partido político. Su responsabilidad, como lo ha hecho, es limpiarlo. Otros, con chequeras ilimitadas, se inventan un movimiento privado y como en un club sólo se rodean de sus semejantes. Dos concepciones diferentes de la política, pero que nos recuerdan que la política se refiere justamente a la relación entre los medios y los fines.

 

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