Por: Andrés Hoyos

Chevy 57

CUANDO LA SEMANA PASADA DIJE aquí mismo que China ha puesto en crisis a los economistas del mundo, me llegaron un par de respuestas airadas que defendían el modelo americano, digamos esa especie de Chevrolet 1957, adicto a la gasolina.

Se puede argumentar en su favor que el Chevy 57 viene armado hasta los dientes y trae de fábrica mucha tecnología de punta. Adentro van una actriz de cine, un predicador, un billonario y un sheriff malencarado y obeso. Hace bastante que no se ponen de acuerdo sobre el camino a seguir.

El orgullo colectivo lleva a la derecha de Estados Unidos a pensar que no ha sucedido nada grave desde que ese Chevy 57 salió de la cadena de ensamblaje de la próspera General Motors de posguerra. Pasaron, sí, los sicodélicos años sesenta, pero luego la Caja de Pandora se volvió a cerrar, de modo que todavía les parece posible recuperar el viejo ímpetu desarrollista del país sin cambiar de modelo. Yo creo que se equivocan. El regreso al modelo del pasado sería fácil si todos los americanos se comportaran como buenos wasps —“blanco, anglosajón y protestante”— trabajadores, pero hoy en día lo que hay allí es un sancocho de razas y de orígenes, y lo más importante es que no van todos para el mismo lado.

Tomemos tan sólo dos aspectos que le dañan el caminado al Chevy 57. Lo primero es el tipo de ciudades que allá edificaron desde que el modelo salió al mercado. Pasada la Segunda Guerra, los americanos se mudaron a los suburbios justamente para hacer su vida alrededor de los automóviles. Durante décadas, los centros se volvieron lugares de degradación, llenos de barrios pobres, habitados más que todo por negros y latinos que no tenían con qué comprar casa en los suburbios. Todo iba bien, o casi bien, hasta que alguien se percató de que el petróleo que se necesitaba para saciar el apetito del Chevy 57 se producía, últimamente a precios astronómicos, en lugares cada vez más peligrosos: el Medio Oriente, Rusia, África, Venezuela. Un problema mayúsculo, claro, porque la suburbanización del país es un hecho casi irreversible, en el que cualquier cambio de fondo implica costos colosales.

El segundo aspecto a destacar es que al menos el predicador y el obeso sheriff comparten la idea, entre fanática y estúpida, de que es preciso librar una Guerra Contra las Drogas con el fin de evitar que la gente se degenere más de lo que, en opinión de ellos, ya está. En su imaginación adicta a las hamburguesas, las drogas simbolizan a las razas oscuras y evidencian, por si hacía falta, que una sociedad mestiza es una maldición. Esta dichosa Guerra Contra las Drogas también tiene costos descomunales, tanto para Estados Unidos como para el resto de los afectados, muy en particular para Colombia. No sé si existe un estudio completo que cuantifique el daño, pero me resisto a creer que sea coincidencia que la economía americana tenga tan precarios indicadores al tiempo que se permiten derroches como éste.

Dirán los admiradores del Chevy 57 que Estados Unidos es el amo del mundo. Pues, sí y no, o todo lo contrario. Porque es difícil explicar por qué los amos del mundo, más que todo wasps dirigidos por un wasp muy bajito de punto llamado George W. Bush, pudieron cometer errores de la magnitud de los que cometieron en los últimos ocho años, en particular la invasión a Irak. Dicho de otro modo, también en política el Chevy 57 anda dando tumbos.

¿Es, por lo tanto, este Chevy 57 el modelo que debemos importar, como nos lo sugieren algunos economistas ortodoxos? Yo insistiría en que hay que buscar sabiduría en otras fuentes.

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