Chile, inequidad y políticas económicas

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El martes 8 de octubre pasado, el presidente chileno Sebastián Piñera declaraba: "En medio de esta América Latina convulsionada veamos a Chile, nuestro país es un verdadero oasis con una democracia estable, el país está creciendo, estamos creando 176 mil empleos al año, los salarios están mejorando".

El lunes 14 de octubre una protesta estudiantil motivada por un pequeño aumento en los pasajes del metro de Santiago tomó por sorpresa a las autoridades. En muy pocos días se convirtió en un estallido social con marchas, disturbios y protestas que se extendieron a todo el país y dejaron, por lo menos, 19 muertos.

El miércoles 23 de octubre, en la cuarta noche de toque de queda en Santiago y en otras 9 regiones chilenas, el presidente Piñera se dirigió al país y declaró: "Es verdad que los problemas se acumulaban desde hace muchas décadas y que los distintos Gobiernos no fueron ni fuimos capaces de reconocer esta situación en toda su magnitud. Reconozco y pido perdón por esta falta de visión." Al mismo tiempo, anunció mejoras en las pensiones, el salario mínimo, y reducciones en los precios de los medicamentos y las tarifas eléctricas.

El viernes 25 de octubre, según cifras oficiales casi 1.2 millones de personas se congregaron en el centro de Santiago de Chile para demandar en forma pacífica igualdad desde todos los frentes, la renuncia del presidente Piñera y un nuevo contrato social. La manifestación fue la más grande en la historia de Chile.

¿Qué ocasionó tal situación en un país que, se supone, desde hace varias décadas, ha sido un ejemplo para América Latina en términos de políticas públicas, resultados económicos, y reducción de la pobreza?

En palabras del propio presidente Piñera, uno de los creadores del “modelo chileno”, sus autoridades no entendieron, o prefirieron no ver, lo que estaba pasando, tampoco que el modelo no era tal. No prestaron atención a que su criatura, al mismo tiempo que producía un aumento en el ingreso per cápita, producía una concentración del ingreso de tal modo que, según la Cepal: “En 2017, el 50% de los hogares de menores ingresos tenía un 2,1% de la riqueza neta del país, el 10% concentraba un 66,5% del total y el 1% más acaudalado concentró el 26,5% de la riqueza”.

Y una población educada de clase media, cada vez más precarizada, ya no está dispuesta a soportar la inequidad. Las quejas más frecuentes en las redes sociales chilenas sobre las expresiones de esa desigualdad están relacionadas con: “pensiones indignas, salud precaria, sueldos miserables, empleos precarios, educación de mala calidad, deudas universitarias vitalicias, sueldos elevados de la élite política, delincuencia sin control, corrupción.”

¿Qué fue lo que falló? La explicación puede encontrarse en la propia teoría económica. Según el Teorema del Segundo Mejor, la eliminación de algunas distorsiones o fallas económicas, a través por ejemplo de la privatización generalizada de todos los activos, bienes y servicios y la canalización de todas sus transacciones a través de los mercados, desde las pensiones hasta el agua de los ríos, supuestamente con la intención de volver más eficiente a la economía, en un mundo en donde no es posible eliminar todas las distorsiones (como los impuestos o la información asimétrica entre productores y consumidores) y todas las fallas de mercado (como las externalidades negativas o positivas o las indivisibilidades -no se puede construir media represa-), puede conducir a un alejamiento del óptimo económico. En el caso chileno se tradujo en una inequidad de tal magnitud que la sociedad ya no está dispuesta a aceptarla.

Pero la política pública, la monetaria, fiscal y regulatoria en particular, sí puede producir una mejora en la distribución del ingreso y, al mismo tiempo, hacer crecer a la economía y mejorar el ingreso per cápita de la población. Lo ilustra la historia.

A principios de los años cuarenta del siglo pasado, el 10% por ciento más rico de los estadounidenses se apropiaba de alrededor del 50% del ingreso nacional. En muy pocos años, la aplicación del “New Deal” (Nuevo Trato) del presidente Franklin Roosevelt, de aumento de impuestos a las personas más rica y del gasto público, y de intervención decidida del Estado en la economía y en la regulación de los mercados, redujo esa concentración del ingreso a alrededor del 30% hasta 1980. Fueron los años dorados de la economía estadounidense.

Tras la elección de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en el Reino Unido, el mundo abandonó el modelo anterior y estableció el modelo neoliberal, y con ello se produjo un crecimiento sistemático de la concentración del ingreso en Estados Unidos hasta el anterior 50%, que prevalece y continúa creciendo hasta la fecha.

Mejor dicho, la situación chilena no es producto de la casualidad, ni de una conspiración internacional. Y la de América Latina, de bajo crecimiento y elevada desigualdad, tampoco. Políticas similares a semejanza de las chilenas producen resultados similares: bajo crecimiento y concentración creciente del ingreso, salvo durante los primeros años. Esa política económica puede y debe ser cambiada para producir crecimiento económico elevado, pero con equidad distributiva de los resultados del proceso económico. Ojalá el resto de América Latina aprenda la lección en cabeza ajena.

* Ph.D. Profesor titular, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.

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