Por: Aura Lucía Mera

Chile no es Santiago

O al contrario. Santiago es la imagen de Chile. El país pujante que conocemos en el exterior.

Falabella, el Banco Santander, las exportaciones vinícolas, frutales, el cobre. El país que superó las heridas y salió triunfante con ‘La Concertación’.

Santiago con su San-Hattan, donde los rascacielos de vidrio desafían la altura y los terremotos. Boutiques sofisticadas. Restaurantes. Delicatessen. En Vitacura, el sector más in, llamado el miracle mile, las galerías de arte, que más parecen pequeños museos, las tiendas Louis Vuitton, Armani, Hermes, Gucci y todos los Puccis posibles, compiten en moda y precios. La riqueza, bien habida es cierto, pero muy rápida, se nota. En la juventud, yuppie y gastadora. En una clase media-alta que cayó en la esclavitud de la competencia y el dinero. Generando aún más ese distanciamiento despectivo y tajante de la “clase alta”, la de muchas generaciones con “muchas erres y muchas zetas” en sus apellidos, la que considera a todos los demás “siuticos” o lobos, o mediopelos. Una discriminación soterrada pero abismal. Una sociedad encerrada en sus ancestros y sus “blasones” que cada vez se quiere diferenciar más con los nuevos ricos que salen a borbotones, compran casas en La Dehesa, quieren veranear en Zapallar, pero no lo consiguen.

Viñedos recientes. Comprados. Hechizos. Pueblos pequeños que se transforman con la varita del Rey Midas. Centros de esquí, con hoteles de mil dólares la noche. Huéspedes que necesitan que los vean, con el abrigo de pieles y las botas de moda. Una juventud competitiva y dura. Pareciera como si el búnker donde se esconde la Embajada Americana siguiera dominando todo.

En contraste, el verdadero Chile. El Chile de los pueblos pequeñitos, el de las casitas prefabricadas, el de las chozas de troncos y cinc, donde se pasa frío, mucho frío, se sufre de calor insoportable en el verano, y sobre todo, se vive en la más absoluta miseria. Cada vez la distancia entre los ricos y los pobres se acrecienta. Con la diferencia de que ya existe una clase obrera y media-media, educada, y que exige sus derechos. Al presidente Piñera no lo quieren. Ni los ricos ni los pobres. Los primeros se sienten traicionados, porque ha logrado algunas reformas sociales que les toca el bolsillo, y los pobres porque no ven ninguna esperanza. Y ambos bandos están unidos en una cosa: no le creen. Perdió la confianza de todos.

Me releo El último tango de Allende y El caso Neruda donde Roberto Ampuero, con maestría y delicadeza, se encarga de que no perdamos la memoria. De que su Chile recuerde siempre que Salvador Allende fue víctima de su sueño. Un cambio social de fondo por la vía democrática, y fue aplastado por el capitalismo norteamericano que veía con terror otra Cuba, los soviéticos, que no querían financiar más revoluciones allende el mar, y los propios comunistas que se empeñaron en una revolución armada. El triángulo que estranguló la esperanza de millones de personas. Visitar de nuevo La Moneda y recordar, duele. Y creo, en el fondo, que Chile no ha olvidado. Pero tampoco se ha resignado. Se siente un nuevo y diferente latir.

 

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