Por: Santiago Villa

China abandonará al chavismo

Hugo Chávez estudió mucho sobre China antes de su primer viaje presidencial al país, en el año 2000, pero sabía muy poco de China cuando bajó las escalerillas del avión y saludó con un fuerte abrazo al funcionario que le recibió en el aeropuerto. Para un pueblo que desprecia las expresiones corporales de cariño, Chávez inauguró un papel de idiota útil que mantuvo intacto durante el resto de su vida.

Las lecciones muy bien repasadas que Chávez hizo de los escritos de Mao Zedong poco impresionaron a una dirigencia que ya había guardado los retratos de Mao en un depósito, como les dijo cuando habló sobre este viaje Héctor Ciavaldini, ex presidente de PDVSA de 1999 al 2000, a los periodistas españoles Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo, en el libro La silenciosa conquista China.

"Por los amigos conocerás a una persona", dice un proverbio chino, y el país con el gobierno autoritario más poderoso del mundo intensificó en la década del 2000 sus cortejos a Hugo Chávez. La agencia estatal de noticias, Xinhua, describía entonces al presidente de Venezuela como un Zhongguo renmin lao pengyou, "un viejo amigo del pueblo chino", un término reservado para figuras como, por ejemplo, Fidel Castro, Muamnar Gadafi, Pol Pot, Saddam Hussein, Slodoban Milosevic, Nicolae Ceausescu y Robert Mugabe.

Chávez orgullosamente ocupó su lugar entre una colección de criminales de lesa humanidad que, si se cambia la perspectiva desde la que se juzga, fueron también héroes de la lucha de pueblos oprimidos contra el imperialismo europeo y estadounidense. La política es como la física cuántica: es posible ser una y otra cosa a la vez.

Que estos mismos héroes oprimieran a sus pueblos era moralmente aceptable desde una perspectiva antiimperialista. La opresión doméstica, por alquimias del orgullo nacional, es más noble que la opresión extranjera.

No obstante, al tiempo que China tomaba el sendero de la liberalización económica, su política internacional se tornaba obsoleta. China dependía comercialmente de Estados Unidos y Europa, pero sus raíces ideológicas eran más próximas a los países con simpatías socialistas, o al menos gobiernos que no cuestionaran su política interna: la represión étnica en provincias como Tíbet y Xinjiang, la ausencia de libertades civiles, el Estado policial.

La solución perfecta fue resultado del inveterado pragmatismo chino. Se profundizaron los lazos económicos y diplomáticos con Occidente, al tiempo que se ignoraron las sanciones y limitaciones que éste imponía a los regímenes autoritarios, pues China respondía a una ideología alterna. Su interpretación de democracia, derechos humanos e imperio de la ley era bastante flexible. Así pudo aprovechar lo mejor de ambos mundos. El yin y el yang, la convivencia de los opuestos, jamás había sido tan rentable. Todo protegido por el mantra chino del siglo XXI: la no interferencia en los asuntos internos de otros países.

En la primera década del 2000, América Latina en su conjunto tendía a sobreideologizar sus relaciones con China. Mientras los gobiernos de derecha la miraban con una suspicacia exagerada; los de izquierda, embelesados por la fantasía de crear un eje global "antiimperialista", se aproximaban con un exceso de confianza. Los primeros perdieron oportunidades económicas, mientras los segundos entregaron demasiadas en aras de generar goodwill político.

Venezuela fue el país latinoamericano que primero se entregó a la seducción económica de la Nueva China, o al menos el que lo hizo con más entusiasmo, ávido de acercarse a potencias que contrarrestaran la hostilidad de Estados Unidos, que había bloqueado las ventas de armas a Venezuela y -a ojos de Chávez- conspirado en un golpe de Estado fallido.

China ha prestado a Venezuela 60.000 millones de dólares entre 2001 y 2017, con condiciones opacas y según unas cifras públicas que conocemos, pero que no por ello son exactas. Aún faltan por pagar unos 20.000 millones. Venezuela, entretanto, envía a China aproximadamente 350.000 barriles diarios de petróleo, es decir la cuarta parte de su producción, para pagar las deudas contraídas. En el 2018, después de recibir un préstamo adicional de 5.000 millones, prometió enviar 1.000.000 de barriles diarios: las tres cuartas partes de su producción. Esto no ha sucedido, y China comienza a ver que Juan Guaidó puede ser un aliado más favorable que Nicolás Maduro. Venezuela está tan disminuida que Maduro no podrá cumplir sus promesas mientras su país colapsa.

Lo importante es que se paguen las deudas, que fluya el petróleo y que China de alguna manera gane algo de una transición política. A diferencia de Rusia, China no apostó su orgullo geopolítico en el chavismo.

No es difícil comprender la maniobra que China hará frente a Venezuela: económicamente le conviene apoyar a Guaidó, así que felizmente lo hará, pero no se arriesgará a expresarlo en público hasta que la transición sea un hecho. China se siente más cómoda negociándolo todo por debajo de cuerda. Seguro ya lo está haciendo.

Twitter: @santiagovillach

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