Por: Andrés Hoyos

China

UN FANTASMA ASUSTA A LOS ECONOmistas del mundo: China.

Yo los entiendo. La profesión, como un todo, ha vivido dos o tres décadas doradas. Con frecuencia los economistas nos sorprenden con aplicaciones econométricas que tienen, como es frecuente en la disciplina, resultados contraintuitivos. Explicaba Steven Levitt que la disminución del crimen en Nueva York a fines de los noventa no tuvo como principal causa la mano dura de Giuliani, sino que pudo derivarse de la legalización del aborto en Estados Unidos en 1974. ¿La razón? Que existe una tendencia desproporcionada en los hijos no deseados a volverse criminales y que justo entonces los que se evitaron con Roe vs Wade hubieran empezado a cometer sus crímenes. Conclusión sensatísima, aparte de útil. También es cierto que otros economistas hacen predicciones que no se cumplen y que luego dedican largas horas a explicarnos por qué no se cumplieron. Con todo, uno les abona la buena voluntad. Es humano: cualquiera quisiera saber para dónde va la economía para así poder hacerse rico sin tanto esfuerzo.

Pero justo cuando un PhD en Economics se volvía el orgullo de la familia, llegó China y puso al mundo patas arriba. Porque algo anda mal si Estados Unidos, el país más poderoso del mundo y el paradigma para los economistas ortodoxos, no puede crecer por encima del 3,5% sin recalentarse, mientras que en China un crecimiento del 9% se considera una recesión. Corremos el riesgo, incluso, de que se popularice la frase “recesión china” para indicar la enfermedad que ya uno quisiera padecer.

Lo peor es que China se está desarrollando en contra de los ortodoxos. Ellos dicen que no se puede mantener el valor de una moneda artificialmente bajo; China demuestra lo contrario. Ellos dicen que el Estado debe minimizar su papel en la economía; el Estado chino, uno de los más ricos del mundo, los contradice. Ellos dicen que hay que dejar que los mercados funcionen libremente; los burócratas chinos hacen lo contrario a cada rato. Ellos dicen que no se debe impedir el libre movimiento de capital; China le pone trabas con frecuencia.

En justicia, China también contradice a la minoría de economistas heterodoxos o de izquierda. Ellos dicen que la libertad de comercio es dañina; China y Vietnam les dan rotundos nones. Ellos dicen que hay que respetar los derechos de los obreros; nada de eso opera en China. Ellos dicen que la inversión extranjera es sospechosa; los chinos hace mucho gritaron “bienvenido Mister Marshall”.

Amartya Sen, reputadísimo premio Nobel de Economía, concluía esperanzado que el renovado prestigio de la democracia constituía el gran progreso del siglo XX. Lo jodido de los sistemas dinásticos es que el hijo de un gran rey, como Carlos III de España, puede resultar un idiota como Carlos IV. En esos casos no queda de otra que esperar a que se muera. En cambio en la democracia los males duran un tiempo mesurado. George W. Bush, por ejemplo, sale para su rancho en 2009 después de ocho años desastrosos. Pero, qué pena, los chinos parecen haber encontrado un isótopo político en extremo peligroso: el acelerado desarrollo antidemocrático, un sistema hereditario que hasta ahora sí funciona. El rey en China es el partido.

Lo anterior no es para sugerir que la vía china, con sus burocracias autocráticas e impenetrables, sea el camino a seguir. Yo no tengo ningunas ganas de vivir en un país como China. Lo que digo es que el modelo no puede ser así no más una economía por el estilo de la americana, que se recalienta ante la menor cuesta, y que se deben estudiar otras experiencias exitosas. Sobre todo la china. Por si acaso.

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