Por: William Ospina

China: el planeta de al lado

Hace poco George Steiner publicó su obra Los libros que nunca he escrito y dedicó el primer capítulo a reseñar una de las obras más ambiciosas del espíritu occidental: los 30 tomos de Ciencia y civilización en China, obra monumental que elaboró Joseph Needham desde 1937.

El propósito de Needham era desmentir el prejuicio occidental de que no había en China una gran tradición de investigación y de pensamiento. No le fue difícil acumular una abrumadora masa de información sobre los descubrimientos chinos en el campo de la ciencia, así como de inventos definitivos para la cultura humana en el campo de la vida práctica. Cito un párrafo de Steiner:

“Needham se deleita exponiendo lo que entiende como anticipación china. De forma reconocida, esto incluye la pólvora, la manufactura del papel, la imprenta de tipos movibles, los mecanismos de escape en relojería, la brújula magnética, la porcelana, la invención del estribo y la de la noria. Pero el catálogo, que ocupa más de siete páginas, comprende también innovaciones y descubrimientos menos espectaculares: el ábaco, el abanico, el paraguas plegable, los petardos, las sillas plegables, la moxibustión (una entrada un tanto misteriosa), el cepillo de dientes, el carrete de las cañas de pescar, la veleta y decenas de cosas más. La astronomía china de observación y los mapas de las estrellas, la metalurgia, las técnicas náuticas como el timón de codaste, la higiene y la medicina preventiva se anticipan siglos a Occidente, quizá milenios. (…)

Las máquinas de vapor chinas, afirma Needham, estaban echando humo muchos siglos antes de James Watt. Los astrónomos chinos habían localizado novas y supernovas ya en el año 1400 a.C. Y esto en una época en la que las culturas occidentales eran en lo esencial rudimentarias y estaban asediadas por la irracionalidad”.

La prioridad de la observación científica no corresponde a la antigüedad clásica occidental, sino que se origina en el Extremo Oriente. Needham añade que “el conocimiento chino de la configuración hexagonal y sistemática de los cristales de los copos de nieve es más de un milenio anterior a las erróneas conjeturas de Alberto Magno”, y que fue el filósofo Chu Hsi, “tal vez el más grande de toda la historia china”, quien “relacionó las flores de nieve de seis puntas con las facetas de ciertos minerales”.

Needham se pregunta por qué los chinos no siguieron avanzando por el camino de la ciencia experimental, y fue Occidente el que produjo todas las revoluciones industriales, tecnológicas, de transporte y de comunicaciones que son el signo de la modernidad.

A ese misterio dedicó 30 tomos que abarcan todas las ciencias y todas las disciplinas. Es una obra que Steiner compara en su minuciosidad a En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, y en su rigor a La Divina Comedia, y que le permite añadir que “Por su variedad y por su fecundidad, Needham es comparable con Voltaire y con Goethe”.

14 dinastías de reyes y emperadores se sucedieron en China durante cuatro mil años. Los míticos Xia, que pusieron fin a las catástrofes provocadas por el río Amarillo y elaboraron el primer calendario; los Shang, que adivinaban el futuro con omoplatos de buey y caparazones de tortuga, y trabajaban el jade, la seda y el bronce; los cultivados y errantes Zhou, que duraron 800 años, y bajo cuyo imperio florecieron Confucio y Lao Tsé; los Quin, la dinastía fundada por el constructor de murallas y quemador de libros, el emperador Qin, que unificó el imperio; los Han del oeste y los Han del este, entre cuyas dinastías, cada una de 200 años, reinó en tiempos de Cristo el monarca usurpador Wang Mang; el Período de los tres reinos, bajo cuyas confusiones se libró la batalla de los Acantilados Rojos; los Jin, que heredaron un imperio y lo dejaron dividido en 16 reinos; los Sui, bajo quienes avanzó sobre China la doctrina de Buda, pero que dejaron el rastro de sangre de las guerras campesinas; los Tang, una dinastía turbulenta de monarcas fratricidas y de una concubina exaltada en Emperatriz, que trajeron a China una época de esplendor cultural inusitado; vino después medio siglo de dinastías invasoras y tras ellas por 350 años los Song del norte y del sur, que hicieron crecer las ciudades y el comercio y generalizaron el uso del dinero, antes de que llegaran los invasores mongoles; vino después el imperio planetario de Gengis Kan, que gobernó desde Europa oriental sobre Persia y Mongolia, y sobre China hasta el mar Amarillo, y dejó el reino a su hijo Kublai Kan, príncipes fastuosos cuyos reinados sucumbieron bajo las inundaciones, la hambruna y la peste; después, durante 300 años, gobernaron los Ming, que convirtieron a China en una gran potencia marítima y comerciaban con Occidente; y por último los Quing, llegados de Manchuria, bajo quienes el comercio con Occidente condujo a las guerras del opio, la guerra chino-japonesa y la instauración de la República. Lo demás es el increíble presente.

Para nosotros, la civilización china constituye una suerte de planeta de al lado. Los siglos que vienen exigirán un diálogo muy profundo sobre los hallazgos, las maneras y los recursos de las diversas civilizaciones planetarias. Y dado que las de China e India, tan distintas y emparentadas, representan el saber y los refinamientos de media humanidad, no dialogar con ellas no sólo será necedad, sino la pérdida de algo muy grande, bello y enriquecedor para todos.

 

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