China ganó

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Las crisis son un acelerador de tendencias. Desde hace casi 20 años se anuncia el “despertar de China” y su reto directo a la hegemonía estadounidense. Estos meses son la más clara señal de que el siglo XX fue estadounidense, pero el XXI es chino. El cambio de hegemonía está sucediendo en tiempo real ante nuestros ojos.

Estados Unidos está en llamas porque el COVID-19, en lugar de llevar al país a demostrar su capacidad de liderazgo y fortaleza, profundizó sus grietas y lo aisló del resto del mundo. Ante la más grave crisis que ha enfrentado la humanidad en una generación —después del cambio climático—, Estados Unidos no se puso al frente ni tendió puentes. En cambio, se salió de las instituciones multilaterales creadas para combatir epidemias como esta, y se ha volcado sobre sus profundas divisiones internas.

Son estas divisiones, además, las responsables de la pérdida de liderazgo de Estados Unidos.

El asesinato de George Floyd es la última en una larga serie de muertes a manos de la policía. Una serie que a su vez no es sino la macabra punta del iceberg de un sistema policial que tolera los abusos contra la población no blanca, y en particular contra los afroamericanos. Las leyes están diseñadas a favor de la policía. Es muy difícil que sean condenados por matar a una persona.

La ola de protestas en plena pandemia probablemente disparará las tasas de contagio y hará colapsar el ya presionado sistema de salud. Un sistema que, además, no pudo reformarse por la enemistad entre los demócratas y los republicanos. Es el año electoral más convulsionado en la historia reciente del país.

Así Donald Trump no fuera reelegido, las rupturas seguirían presentes. Esto, porque Trump no es el problema de Estados Unidos, es solo la cara actual del problema de fondo: la población que votó por Trump. La creciente desigualdad, las promesas fallidas de prosperidad, la fuga de industrias hacia países extranjeros, todo este descontento es real, no se va a acabar en cuatro años, y está motivando las decisiones electorales de al menos la mitad de la población blanca de Estados Unidos, la que vota por los republicanos.

Esta población es antiinmigración, racista o casi racista, está en contra de las instituciones multilaterales, las alianzas con países extranjeros y cualquier cosa que le huela a globalización. Está anclada a la idea de un Estados Unidos dominante en el ámbito internacional, que no necesita respetar las instituciones multilaterales ni someterse a ningún tipo de tratado, pues ellos dictan las condiciones. Un Estados Unidos que ya no existe, si alguna vez existió. El Partido Republicano, esté o no de acuerdo con todo esto, tiene que responder a su electorado. De lo contrario, su gente buscará figuras excéntricas como Donald Trump y el fenómeno se repetirá con alguien más. En el futuro, el Partido Republicano tendrá que ir un poco más a la derecha, porque su electorado está un poco más a la derecha, y esa derecha está acabando con el liderazgo internacional del país.

Entretanto, China tiene la estabilidad de un gobierno de partido único. Tiene la ventaja de poder seguir estrategias estatales durante una década. Por otro lado, tiene una mucho mayor amplitud diplomática. Casi todos los gobiernos del mundo tienen buenas relaciones con China, y su presidente puede sentarse a hablar en buenos términos con los presidentes de Colombia, Venezuela, Sudán, Siria, Irán, Alemania, Rusia, México, en fin. Es difícil pensar en una potencia mundial que alguna vez en la historia hubiese tenido semejante abanico.

¿Esto es bueno o malo?

Definitivamente no es bueno que Estados Unidos sobrelleve semejante crisis. En lugar de estar perdida en sus fracturas, necesitamos a una de las dos grandes potencias mundiales enfocada en atacar los principales problemas que enfrenta la humanidad. Pero es improbable que eso suceda en el corto o mediano plazo. Sus grietas son estructurales.

China, por su parte, parece tener la intención de fortalecer un mundo multilateral y sus instituciones. Al menos uno de los dos países del mundo bipolar está ejerciendo algún tipo de liderazgo y tendiendo puentes. Esperemos que siga así, y además combata los muchos motivos válidos por los que el mundo aún sospecha de la conveniencia del liderazgo chino. En especial porque, gústenos o no, este liderazgo ya no tiene reversa.

Twitter: @santiagovillach

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