Por: Mauricio Rubio

China incomprendida

El gran descache de la élite intelectual, económica y política en el siglo XX tiene nombre de bolero o bambuco bogotano.

Nadie entendió lo que pasaba en China. Todavía incomoda analizar su extraordinario desarrollo. Aunque negocios y ayudas en yuanes siempre son bienvenidos, no se sabe si criticar un partido único atornillado al poder o pedirle consejos.

El enredo alcanzó el debate laissez faire versus intervencionismo. En 2017, durante la reunión de ricos en Davos, Xi Jinping, presidente chino, defendió el libre comercio mundial contra el proteccionismo de Trump. Tras décadas de propaganda norteamericana para liberar flujos internacionales de bienes y capitales, el liderazgo recae ahora en un Estado monolítico y represivo. Parece Alicia en el país de las maravillas. El mundo patas arriba lo confirma el primer ministro inglés aliado de Trump contra Europa, el libre comercio y la economía de mercado. Adam Smith se retuerce en su tumba.

Dos acontecimientos históricos, un estudiante desafiando tanques de guerra en Tiananmén y la caída del muro de Berlín, ocurrieron en 1989. Tal vez eso llevó a la falsa expectativa de que la democratización del gigante asiático era inevitable. “China sorprendió por ser mucho más resistente al cambio político de lo que se pensó”, anota Gideon Rachman, gurú del Financial Times que hace una década predijo una potencia capaz de enfrentarse al Tío Sam. En estos días, después de advertirle a Washington que no negociará bajo presión, Pekín disparó el dólar hundiendo el yuan.

Muy pocos previeron la magnitud del coloso. En 1902 el historiador británico John Hobson anotó que cuando China resurgiera “voltearía las mesas”; aún dependiente del capital y la ciencia occidentales, podría “restablecer su independencia económica encontrando sus propios recursos”. En 1973 Alain Peyrefitte vaticinó que “cuando la China despierte, el mundo temblará”. Ni siquiera esas profecías aisladas calibraron las dimensiones del cambio, nunca vistas en la historia de la humanidad. A finales de los 70 la participación china en el comercio mundial apenas llegaba al 1%. Hoy se acerca al 30%. Un salto similar dio un mercado mundial especializado en clientela rica, el de arte. Como celebrando el aniversario de Apolo 11 en la Luna, la aeronave espacial Tiangong-2 regresó a la Tierra. Mientras las principales urbes del mundo enfrentan un agudo déficit de vivienda, en las ciudades chinas 22% del parque inmobiliario, suficiente para 50 millones de hogares, permanece vacío. Un profesor que nadie empleaba fundó y dirige Alibaba, que compite con Amazon. Otro chino de 36 años, creador de TikTok, la app viral para compartir videos cortos, está entre los 10 hombres más ricos del planeta. Y así, cascada permanente de sorpresas.

En retrospectiva, los chinos predijeron mejor las tendencias del comercio mundial que el resto del mundo, una vergüenza para economistas neoclásicos obsesionados con el Estado mínimo. Nadie imaginó que un factor crucial de poder serían las multinacionales que localizaron parte de sus cadenas de producción en China. Hoy, la mayor parte del comercio internacional “es un movimiento de productos a medio producir que hacen internamente las empresas”. Un iPhone se produce en nueve economías diferentes. Nada que ver con la antigua estructura fabril con componentes y producto final hechos en un mismo sitio. Con flujos de insumos intermedios, el manejo de tarifas arancelarias para asimilar tecnología cambió por completo. Los principales aliados de Xi Jinping en Davos pidiendo reducción de aranceles eran ejecutivos de multinacionales.

El tradicional esquema de dueños particulares del capital que evaden un alcabalero se voltea cuando las políticas laborales, financieras o comerciales facilitan alguna etapa de sus procesos productivos. El Estado se vuelve socio del capitalista, un arreglo que las disciplinas surgidas a raíz de la Revolución Industrial europea estaban mal preparadas para digerir.

Más alianzas entre entes privados y públicos en lugar de confrontaciones son la principal lección que la administración Duque y la oposición o resistencia deberían sacar de la visita oficial al nuevo epicentro del poder económico global. Por fortuna, en la delegación con empresarios no se colaron intelectuales exmamertos, ahora personajes políticos o formadores de opinión, tan divididos y peleones que serían capaces de revivir sus viejas rencillas entre la línea Mao y la ortodoxia soviética. Algo así de caduco surgió en redes sociales: indignación o burlas porque Duque le rindió homenaje a la Revolución. Las pasiones decimonónicas, como aquellas a favor o en contra del mercado, o de Uribe, son un lastre monumental para el desarrollo. Las recetas ideológicas caducaron, el mesianismo trascendental y parlanchín estorba. Se impuso el pragmatismo sin retórica: trabajar, administrar, aceptar errores, corregirlos y avanzar dentro del marco legal. Mientras buscábamos nuestro mito fundacional, añorábamos a Bolívar, Núñez o Gaitán y discutíamos acaloradamente si fue primero el huevo o la gallina, sin saber a qué horas, ni cómo, calladita, la China se creció.

Ver más…

874906

2019-08-08T00:00:00-05:00

column

2019-08-08T10:04:05-05:00

jrincon_1275

none

China incomprendida

19

5475

5494

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Mauricio Rubio

¿Cómo mejorar a Colombia?

Pazología en aprietos

Feminismo desconectado, surrealista

Prepagos en Tinder

Rappicontratos no laborales