Por: Jaime Arocha

Chirimía y resistencia

"Rancho aparte" es un conjunto quibdoseño de chirimía, con dos clarinetes, un bombardino, un redoblante, una tambora, platillos y tres cantantes. En el XV Festival Petronio Álvarez ocupó el segundo lugar de su categoría y, con gran merecimiento, se hizo acreedor del premio a mejor canción inédita por su composición De quién es la tierra.

En el escenario aparecieron vestidos de botas pantaneras y pantalones raídos, como quien regresa de trabajar en una platanera a orillas del río Atrato. Estremecieron a la audiencia y le sacaron lágrimas con su canto al despojo territorial. Enunciado y detallado el trauma, le cantaron a la reconstrucción de la vida, dejando atrás la historia horrenda. La representación de pueblos que no se dejan derrotar coincide con la conducta de muchos desterrados afrocolombianos conocidos, quienes expresan que les sobra la dignidad como para registrarse ante el Estado como gente en condición de desplazamiento. Siempre han guardado la esperanza de devolverse a sus tierras lo más rápido posible.


Infortunadamente la realidad ha sido otra, más que todo por la incapacidad estatal para garantizar el retorno. La artista Libia Posada les pidió permiso a mujeres víctimas para usar sus piernas como lienzo y dibujar allí la cartografía del desplazamiento que habían sufrido. Fotografió pantorrillas y muslos con las líneas y convenciones en negro que representaban casas, lugares de origen y de llegada, y exhibió su obra en Destierro y reparación, la exposición temporal que a finales de 2008 albergó el Museo de Antioquia. Era uno de los hitos del trabajo de la Comisión Nacional de Reconciliación y Reparación, cuyo presidente insistía que ese equipo no podría fallarle al país. Ninguno de los mapas que dibujó Libia era de un solo destierro, sino de 2, 3 y hasta 6 desplazamientos forzados, de modo que uno sí añoraba que el deseo del comisionado principal se hiciera realidad.


Hoy, por cuenta de neoparamilitares y guerrilleros, el Afropacífico aún es paisaje de terror. El Estado persiste en acciones que tienden a favorecer el destierro. Por una parte, no les pone fin a las fumigaciones aéreas que, junto con la mata que mata, matan las matas para comer y deforman a los hijos de quienes las cultivaban. De ahí las protestas que han paralizado al río San Juan y tienen a sus comunidades al borde de la inanición. Por la otra, no cesa el auspicio a quienes figuran en el Plan de Nacional de Desarrollo como maquinistas de las locomotoras para el crecimiento, a saber palmicultores, ganaderos y mineros del oro. Además, los últimos viajarán en coche de primera a juzgar por la crónica de Lisandro Duque, sobre el nuevo minambiente. El domingo nos enteramos de que en sus misiones como comisionado de Paz, este economista se aislaba del ecosistema albergándose en carpas con aire acondicionado, a tiempo que mostraba más preocupación por cambiarse las camisas que por las gestiones a favor de los secuestrados que realizaban Colombianas y Colombianos por la Paz. Ante este panorama, es asombroso que cada vez más comunidades negras opten por ejercer la resistencia contra el desplazamiento persistiendo en sus siembras combinadas de maíz, arroz, plátano, borojó y chontaduro. “Rancho Aparte” tiene razón en cantarle a semejante manera de privilegiar el porvenir, a pesar del trauma cotidiano.


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