Por: Armando Montenegro

Chismes, verdades y mentiras

Después de que fuera reprobado a lo largo de los siglos por las religiones y las convenciones sociales, algunos científicos modernos sostienen que el chisme ha tenido funciones importantes en la historia de la humanidad. Sociobiólogos como Edward Wilson de Harvard University explican que, desde las fases iniciales de la evolución, el interés en la vida de sus semejantes, derivado de la necesidad de sobrevivir, llevó a los hombres a monitorear a los demás y compartir información sobre posibles enemigos y, de esta forma, prevenir ataques y peligros.

Según algunos investigadores, este interés fue uno de los motores del surgimiento del lenguaje, un vehículo eficaz para intercambiar noticias sobre los demás —chismes—, mantener la cohesión de los grupos y, entre otras cosas, saber en quién se podía confiar y quién podría ser peligroso. Al respecto, algunos experimentos han demostrado que cuando la gente observa a alguien de quien han escuchado chismes negativos (una persona a la que se señala de haber hecho algo reprobable), ponen más atención y están en guardia.

En las sociedades modernas las personas intercambian en forma corriente chismes sobre sus colegas de oficina, sus vecinos y sus compañeros de deporte o estudio. Esta es una forma de saber, por ejemplo, quién es mala paga, tacaño o generoso; quién trata mal a familiares y vecinos o es un colaborador servicial y desprendido. Estas informaciones, que pueden ser importantes para algunos grupos y ciertos aspectos de la vida de las personas, difícilmente podrían obtenerse mediante mecanismos formales como las entrevistas y los formularios.

La curiosidad por los demás es lo que explica también la explosión de las redes sociales, que permiten el contacto entre miles de personas, donde se comparte y exhibe toda suerte de experiencias, noticias y comentarios, pero donde se ventilan, asimismo, amores y odios. Además de los indudables beneficios de aplicaciones como Facebook y Twitter, allí también se difunden, sin mayor problema, noticias falsas que dañan a personas e instituciones (la rumorología, una forma sofisticada de la información maliciosa, chismografía masiva y mentirosa, muchas veces a través de cuentas anónimas o falsas, convierte el chisme en un arma poderosa de destrucción de los enemigos, especialmente en la esfera política).

Lo que ocurre en las redes sociales nos permite entender que lo condenable no es el chisme en sí mismo (que, como nos lo recuerdan los científicos, puede tener aspectos positivos), sino la mentira y los mentirosos, que muchas veces se valen del chisme para alcanzar sus objetivos.

Al respecto, hay, por lo menos, dos problemas: (i) por su ubicuidad y velocidad de propagación es difícil saber el origen de los chismes, un hecho que facilita la difusión de falsedades y calumnias y, sobre todo, la impunidad de sus autores; y (ii) ya que se ha comprobado que la gente tiende a aceptar y a creer las noticias que refuerzan sus propias opiniones y prejuicios, aún sin que haya ninguna evidencia que los valide, existe un terreno abonado para que se difundan mentiras que terminan convertidas en “verdades” compartidas por amplios grupos de personas (precisamente en este hecho se fundamenta la posverdad, con la cual se amalgaman grupos basados en el odio y el resentimiento, algo que, seguramente, no sorprende a los biólogos).

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