Chocó, donde mata más la desidia que la guerra

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“Si es difícil viajar al Chocó desde cualquier lugar del país, es más difícil viajar dentro del Chocó”, escribió Gabriel García Márquez en su serie “El Chocó que Colombia desconoce”, publicada en El Espectador en 1954.

Hoy sigue igual su desconexión. Solo ha mejorado la comunicación aérea, pues el gobierno anterior inauguró la ampliación del aeropuerto de Quibdó. Pero aun hoy es difícil salir del Chocó por carretera: solo hay un par de vías a medio hacer de Quibdó a Medellín y Pereira, no obstante que el gobierno Santos dejó cerca de $420.000 millones para terminarlas. Y viajar dentro del departamento es imposible, a no ser que sea por lancha o avioncitos, pagando pasajes carísimos. Ello significa que, por la dificultad del transporte, los alimentos son muy costosos y los pacientes con enfermedades medianamente graves se mueren en el camino, pues no pueden llegar a tiempo hasta el único hospital de segundo nivel que hay en el departamento, el San Francisco de Asís de Quibdó, el cual, además, está en huelga porque lo han saqueado varias veces y no hay con qué pagarles a los médicos, etc.

De ahí que Luis Murillo, defensor del Pueblo para Chocó, diga que allá la precaria atención en salud mata más gente que la guerra. Y es verdad, porque en ese departamento de belleza y riqueza inconmensurables la gente muere más que por la violencia y el narcotráfico, que son atroces, por el abandono, la corrupción y la desidia de las autoridades locales. Cómo será esta, que después de que el defensor del Pueblo, Carlos Alfonso Negret, realizó un recorrido por Nuquí, Tribugá, Juradó, Jaqué, Bahía Solano y Quibdó, y escuchó a los habitantes de esos municipios y de las comunidades aledañas, el gobernador del Chocó y el alcalde de Quibdó no hallaron un espacio en sus agendas para dialogar con él. Es que les importa un bledo lo que les pasa a los chocoanos, que de hecho es muy grave. Escuchémoslos:

“En Tribugá no tenemos acueducto. Hay un pozo donde lavan ropa y utilizan esa agua para todo”, dice la profesora. Y agrega: “Aquí los niños hacen sus necesidades donde puedan. Tienen problemas gastrointestinales y malaria. Hay pozos repletos de zancudos. Aquí no hay centro de salud. Solo en Nuquí (a una hora en lancha por un mar difícil) hay un centro con dos médicos para 16.000 habitantes. En la escuela no hay baños. El techo se va a caer. Además, necesitamos una pequeña biblioteca, computadores, materiales, capacitación”.

“Es muy duro ver morir a la gente porque no hay una lancha para sacarla”, dice la alcaldesa de Juradó. “Y a veces, cuando la hay, se encrespa el mar y tampoco se puede salir”.

“Juradó era una despensa agrícola y ganadera. Ahora, por el orden público, no estamos produciendo nada. Hoy, si no nos traen los alimentos de Buenaventura, no comemos”, afirma Felipa Murillo, presidenta del Consejo Comunitario de Juradó.

“Necesitamos un carné, un Sisbén o algo que nos permita acceder a la salud en Colombia. Desde aquí hay que ir en avión a ciudad de Panamá y allá la salud es muy cara”, implora Flor Alba, una líder de Jaqué, el primer municipio panameño luego de pasar la frontera, a donde se han desplazado varias comunidades chocoanas en busca de paz.

Y otro líder de Jaqué, Vianor Hurtado, le dice al defensor Negret: “Le damos gracias a Dios porque por primera vez viene un funcionario de su nivel, que va a llevar el clamor de esta gente que salió del país por culpa del Gobierno, al que el problema se le salió de las manos”.

Continuará…

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