Por: Luis Carlos Reyes

Chutzpah, o el descaro de quejarse del “odio de clases”

Imagínese lo siguiente: un individuo mata a sus padres y, durante el juicio, le ruega a la corte que lo trate con benevolencia, porque al fin y al cabo no se trata sino de un pobre huérfano. Con esta ilustración se suele explicar el significado de la intraducible palabra chutzpah (“jutspa”), que viene del yiddish, el lenguaje de los judíos alemanes, famoso por su gran expresividad. Chutzpah es más que descaro, más que ser un caradura: es una audacia malévola que por lo increíble raya en lo cómico.

Pues bien. Colombia, siempre a la vanguardia, está dándole al mundo una nueva ilustración de esta antigua palabra. Viene por cortesía del movimiento que quería continuar una guerra en la que los pobres —mas nunca sus dirigentes— ponían los muertos; del movimiento que representa a los terratenientes que luchan por quedarse con las tierras robadas a campesinos desplazados (pero obtenidas, claro, “de buena fe”); del movimiento al que no le preocupa demasiado que, bajo su mando, los de sus filas hayan matado pobres ajenos al conflicto y los hayan uniformado de guerrilleros para adornar los resultados de sus campañas militares; del movimiento que con tal de volver al poder no ve ningún problema en apoyarse en caciques políticos y compradores de votos, ni en prometerles decenas de billones de pesos del presupuesto nacional que deberían ir a ayuda social; del movimiento que con ese mismo fin está dispuesto a continuar la alianza con los rentistas que acaparan el mercado nacional, perjudicando a la clase trabajadora. Ese mismo movimiento les pide ahora hasta a los sectores populares que le vuelvan a dar el poder, con el eslogan de que hay que decir “no” al odio de clases. Eso es lo que se llama chutzpah.

¿Que si hay indignación de la clase trabajadora de este país hacia las personas de ingresos altos? Hombre, uno esperaría que sí. Lo que tenemos que entender quienes somos acomodados pese a no ser dueños de tierras mal habidas, ni beneficiarnos de prácticas anticompetitivas, ni evadir impuestos ni ser corruptos, es que así hayamos estudiado y trabajado duro por lo que tenemos, nacimos (o quizá logramos colarnos) en una situación de privilegio. Nuestro privilegio tuvo a bien dejárnoslo disfrutar un sistema político y económico profundamente injusto, y si aceptamos sin más los beneficios que nos da ese sistema, si nos desentendemos de cómo trata a la mayoría de los colombianos, somos responsables por el sistema y nos merecemos ser el objeto de esa indignación.

Apliquemos esos valores tradicionales de los que nos sentimos tan satisfechos esta semana, y recordemos que no sólo hay pecados de comisión sino también de omisión. No, yo no me robé “ni una hectárea”. Tampoco fui el que dio la orden de que, mientras que desaparecían jóvenes en Soacha y Ciudad Bolívar que resultaron ser falsos positivos, la policía sí garantizara la seguridad de mi familia en el norte de Bogotá. Pero fui apático y desinformado y voté para reelegir al gobierno que permitió estas injusticias.

En cuanto a mí, sé que ese pecado de omisión no lo vuelvo a cometer. Sólo espero que los que entienden todo esto no caigan en pecado de comisión votando por ese mismo movimiento, sobre todo no desde la primera vuelta, en la cual los candidatos que menosprecian la democracia liberal no son la única opción.

* Ph.D., profesor del Departamento de Economía, Universidad Javeriana.

Twitter: @luiscrh

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2018-03-28T21:00:54-05:00

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Chutzpah, o el descaro de quejarse del “odio de clases”

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