Por: Daniel García-Peña

Chuzadas allá y acá

FAMOSA DESDE SIEMPRE POR DEStapar las infidelidades de la familia real y las intimidades de la vida privada de las celebridades, la prensa amarilla británica es hoy el objeto del escándalo periodístico y político más grande de la historia reciente del Reino Unido.

 

Todo, por unas chuzadas: intercepciones telefónicas realizadas por la Policía y vendidas a mal llamados “periodistas”, interesados más en aumentar la circulación que en la búsqueda de la verdad. En el ojo del huracán está Robert Murdoch, un australiano nacionalizado estadounidense, dueño del emporio de medios más grandes del mundo.

El debate, por tanto, es en torno al papel del periodismo en las democracias, supuestamente modernas y desarrolladas. Empezando por su relación con los grandes intereses económicos y la creciente concentración de la propiedad, en la cual la ley del más fuerte impera sin compasión. Subordinado a las lógicas del mercado y relegado al ser el hermano chiquito y feo del “mundo del entretenimiento”, el periodismo se vuelve adicto a la chiva, convirtiendo a los periodistas en mercaderes del morbo.

Murdoch y sus imitadores alrededor del mundo no sólo se alimentan de los vicios del consumo masivo, sino que se nutren de las relaciones privilegiadas con el poder político. El primer ministro británico está hoy contra las cuerdas, precisamente por haber contratado como asesor del despacho a uno de sus altos funcionarios. Murdoch no esconde su ideología claramente de derecha, el más claro ejemplo siendo la descarada inclinación de Fox News, antes a favor de Bush y ahora en contra de Obama. Por ello, el sólo hecho de que Murdoch y sus secuaces estén hoy teniendo que responder por sus acciones es formidable, gracias a la labor de periódicos serios, el Guardian y el New York Times, que destaparon la olla podrida.

Pero lo más destacable ha sido la forma en la cual las autoridades han asumido el asunto. Se trata al fin y al cabo de quizá la policía más prestigiosa del mundo. Desde los años de Sherlock Holmes, Scotland Yard ha sido sinónimo de profesionalismo en las investigaciones criminales y pioneros en las ciencias forenses. Sin tomarse mucho tiempo para pensarlo, el jefe máximo, Sir Paul Stephenson, y el segundo abordo, John Yates, presentaron sus renuncias, en una clara muestra de poner primero el buen nombre de la institución, por encima de consideraciones personales.

Qué contraste con Colombia. Por graves que hayan sido las chuzadas allá, las de acá no fueron con ánimo de lucro sino para perseguir y desprestigiar a opositores políticos, periodistas y magistrados, algo más grave para la democracia. Allá las chuzadas las impulsaron desde afuera unos intereses privados, pero acá fueron ordenadas por funcionarios públicos. Y mientras allá los más altos rangos pusieron la cara y presentaron sus renuncias, acá, la exdirectora del DAS, la versión criolla de Scotland Yard (con el perdón de Scotland Yard), se asila para evadir la justicia.

Al menos acá como allá empieza a actuar la justicia. Pero aún hay mucha distancia entre allá y acá.

 

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