Santiago Bernal: cantante bogotano que fusiona diferentes géneros musicales con aires flamencos

hace 1 hora
Por: Piedad Bonnett

Ciclismo, dopaje y sociedad

Todo el mundo sabe que el deporte tiene el poder de crear sentimientos de pertenencia y de identidad en los pueblos. En momentos de crisis, incluso puede servir como estrategia para unir a un país. Un caso clásico es el de Nelson Mandela, quien en la Suráfrica del apartheid se valió del rugby para unir a blancos y negros alrededor de los Springboks, un equipo eminentemente “blanco” que en un torneo terminó por ganarle al gran favorito, Nueva Zelanda. Por eso mismo, y por la capacidad que tiene de abarcar todos los estratos sociales y de crear héroes que son ejemplo de dedicación y esfuerzo, el deporte se carga fácilmente de elementos simbólicos.

Desgraciadamente, el deporte también puede ser usado para ocultar o minimizar crisis políticas —como pasó aquí cuando Noemí Sanín ordenó transmitir un partido de fútbol mientras ardía el Palacio de Justicia—; o para que las mafias se enriquezcan con él. El fútbol, precisamente, se ha convertido en terreno de corrupción en todo el mundo y también en Colombia, donde ha sido terreno de escándalos sexuales y discriminación. Desafortunadamente, sus máculas parecieran no hacer mella en la fanaticada, dispuesta a mirar para otro lado con tal de que no le dañen el rato.

En cambio, en el ciclismo colombiano, nuestro “deporte insignia”, los escándalos han sido pocos. Desde los gloriosos tiempos de Ramón Hoyos o Cochise Rodríguez hasta hoy —en que destacan jóvenes que siguen el ejemplo de Lucho Herrera, Santiago Botero o Nairo Quintana— creíamos que ese deporte entrañable, cuyos campeones son en general muchachos humildes que consiguen triunfos nacionales e internacionales con sudor, disciplina y esfuerzo, estaba al margen de la manipulación o la trampa. Pero resulta que no. Que Colombia es el segundo país del mundo con más casos reportados de doping y que, según informa El Tiempo “en nueve meses ya son cinco los pedalistas nacionales que tendrán que limpiar sus imágenes” por la misma razón. Pero lo peor es que parece que hemos vivido engañados: Ernesto Lucena, director de Coldeportes, declaró a Semana, a raíz de dos nuevos casos reportados por la comisión disciplinaria de la UCI —el de Wilmar Paredes y el de José Amador Castaño, que ponen en riesgo de suspensión a la escuadra de Manzana Postobón—, que “la cultura del dopaje en el ciclismo en Colombia lleva más de 25 años y ha sido tolerada, como la corrupción y la violencia”. Sólo que de eso no se hablaba. Qué tristeza, qué decepción y qué rabia.

¿Por qué se dopa un deportista? Puede ser porque los medios y la misma fanaticada lo presionan; o porque el triunfo se ha convertido en la única meta; o porque hay un afán de enriquecimiento rápido; o, peor aún, porque las barreras éticas se han ido corriendo y se considera que doparse no es ilícito. (De hecho hay una corriente internacional que propone que el dopaje se legalice). Pero esto no ocurriría en esa medida si no hubiera un sistema que se presta para la trampa. Y es que el deporte no funciona al margen de la sociedad que lo alberga. Y si bien la corrupción y el engaño no son exclusivos de Colombia, sí se explican en un país en el que la corrupción ha tocado todo, hasta aquello de lo que nos sentíamos más orgullosos.

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2019-06-09T00:30:46-05:00

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2019-06-09T00:45:02-05:00

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Ciclismo, dopaje y sociedad

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