Por: Juan David Ochoa

Cien años de un suspiro rojo

Todo el siglo XX, con sus bombas y sus gritos de histeria y agonía y fulgor, con sus desfiles y sus pulsos de hegemonía y orgullo y sus milímetros al borde de la destrucción definitiva, fue consecuencia directa de esa explosión de dinamita roja que hicieron estallar los bolcheviques: la nueva raza política y mental que engendró la historia en una lenta gestación teórica entre los profundos bastiones del invierno ruso. La grandilocuencia de esa nación que vistió durante tantos siglos sus enormes palacios de oro y sus catedrales surrealistas de colores, y reveló ante el mundo el misterio de sus zares todopoderosos que hicieron apagar al mismo  rayo de Napoleón y a quienes se atrevieron a desafiarlos, fue transmutada por una revolución que apareció con la violencia inversa de su extravagancia. La Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas empezaba a gestarse, y con ella aparecía un nuevo mundo que se extendería como un aura sobre los viejos paradigmas políticos de Occidente y las lejanas comarcas emergentes.

El fuego y la efervescencia de la revolución prendieron los primeros años del siglo con la batuta de Lenin, un pequeño revoltoso que dirigía las reuniones clandestinas de centenares de fanáticos con una organización demencial que superaba las estrategias policiacas por extinguirlas, y que terminaría llevando en un tren, atravesando la pólvora y los estallidos de otra guerra, a ese ejército improvisado de obreros al mismo centro de Petogrado a incendiar la historia y a refundar el tiempo. Lo que vendría después sería el desafío de dirigir los extensos territorios de un imperio con la utopía hecha realidad. El Capital de Marx y Engels, por primera vez, bajaba de la estratosfera de los debates académicos y de las nubes frías de la perfección teórica a la ambigüedad pragmática. Con la revolución real y el poder palpable, la perfecta equidad de ese viejo sueño de los escupidos y esclavizados podía empezar a diseñarse entre el rumor y el ruido de quienes aún  no sabían qué hacer con el triunfo a cuestas.

Muerto el fundador, después de exhibirlo en las calles de Moscú como el eterno patriarca de un nuevo mundo que parecía inmortal, y entre los muertos que ya empezaban a caer por sospecha y disidencia y por las últimas órdenes del mismo Lenin, inició la guerra interna de un poder que resaltaba sus intensas intenciones humanistas aunque se tuvieran que morir todos. Al otro lado de Europa, Winston Churchill ya había hecho pública una de sus tantas máximas celebres contra la gesta roja del norte sugiriendo que la ideología bolchevique debía ser “estrangulada en su cuna”. Pero el vástago creció sobre el tiempo, y el resto del siglo iba a reducir sus búsquedas a la obsesión de los modelos tradicionales para fumigarla; desde la tronamenta de la Segunda Guerra Mundial al mando del Führer, que se hizo llamar nacionalsocialista en sus inicios, y que acabó pulverizando el continente en el choque con el monstruo del martillo y la hoz en que ya se había convertido el emporio de Stalin, hasta los últimos altos picos de la Guerra Fría con Nikita Kruschev, quien ya había dispuesto bases y misiles con el hijo pródigo en La Habana.

Los sucesos dramáticos y anecdóticos de las siguientes décadas tuvieron en su trasfondo la bandera soviética y las estelas de esa antigua revolución: la muerte de Trostky en el país de Frida y Rivera, sus anfitriones también politizados por los influjos del comunismo. La muerte mítica de Kennedy y las relaciones clandestinas de su asesino, Lee Harvey Oswald; la muerte del Che, el Cristo latinoamericano de los desposeídos; la caza de brujas del macartismo; el bombardeo sobre el Palacio de la Moneda y la caída de Allende;  Sendero Luminoso y las Farc; las ultraderechas del Cono Sur que respondieron con látigo y fuego ante el mismo fantasma soviético que ya empezaba a evaporarse con la muerte del siglo, la caída del muro, y los intentos de Gorbachov por restablecer el suelo de tanta monumentalidad derrotada por su propio idealismo. 

Aún quedan zumbando los vestigios del suspiro rojo que levantó las plataformas de la historia, y que en su exhalación arrasó con los cuerpos que cayeron a su paso, en su defensa o en la rebelión, y que se replegó de nuevo entre los fondos mismos de la nieve, como el relámpago muerto de una fábula.

 

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