Por: Rodrigo Uprimny

Ciencia, conciencia y contraciencia

Clair Patterson fue un brillante científico estadounidense que logró averiguar en 1956 la edad de la tierra (4.500 millones de años), por medio del estudio del contenido de plomo en un meteorito. Al hacer este experimento constató que en el medio ambiente había mucho más plomo que el previsto, lo cual era muy riesgoso pues este metal es muy tóxico y causa enfermedades muy graves, muchas mortales. Patterson denunció entonces ese riesgo y argumentó que el incremento del plomo ambiental debía estar vinculado al uso industrial masivo de este elemento químico, por ejemplo como aditivo en la gasolina o en ciertas pinturas.

Las conclusiones de Patterson fueron atacadas por Robert Kehoe, quien era financiado por la industria petrolera y argumentó que el incremento de plomo ambiental era leve y se debía a puras causas naturales. Y que, en todo caso, ese nivel de plomo no era perjudicial pues el ser humano ya se había adaptado a él.

Patterson refutó esas objeciones. Mostró por ejemplo que la cantidad de plomo en esqueletos de momias de hace varios siglos era muchísimo más baja que en esqueletos contemporáneos, lo cual probaba un incremento significativo reciente del plomo ambiental, que se debía a causas humanas y que tenía efectos perjudiciales para la salud, pues en términos evolutivos era impensable que en pocos siglos el ser humano hubiera podido adaptarse a esos altos niveles de plomo.

Patterson se vio entonces fuertemente atacado por la industria. Muchas de sus financiaciones fueron canceladas y Kehoe intentó ridiculizarlo, sembrando dudas sobre sus conclusiones y acusándolo de fundamentalista y enemigo de la industria. Pero afortunadamente Patterson insistió en sus tesis, mostrando nuevas evidencias de la contaminación industrial por plomo y sus enormes riesgos para la salud. Con mucha dificultad, y después de 20 años, las tesis de Patterson triunfaron y el uso industrial del plomo fue progresivamente prohibido. El porcentaje de plomo en la sangre humana ha caído drásticamente desde esa interdicción. Hoy millones de seres humanos le deben a este valeroso científico no estar enfermos por envenenamiento por plomo. ¡Pero cuántos murieron o enfermaron en esas dos décadas!

Patterson es el héroe de esta historia por su digna defensa de una ciencia con conciencia. Pero el villano, Kehoe, es también un personaje interesante pues es el prototipo de la “contraciencia” al servicio de intereses poco nobles, como poner en duda el cambio climático o defender los privilegios de ciertas farmacéuticas o industrias de alimentos. El libreto se repite: “científicos” con claros conflictos de interés, que buscan sembrar dudas sobre resultados muy sólidos pero que son contrarios a las industrias que los financian. Y para fabricar esas dudas, estos “científicos” exigen a la ciencia certezas absolutas que esta, falible y humana, nunca puede brindar, y acusan de fundamentalistas o enemigos del desarrollo a los académicos que señalan riesgos de los productos o tecnologías desplegados por esas industrias.

* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.

 

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