Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

A ciencia incierta

En diciembre de 2013, recibí una llamada difícil de olvidar.

Joaquín Angulo, profesor universitario, me preguntó con quién podía “averiguar el costo de la publicación de una nota en un periódico”. Su esposa, Liliana Mahecha (veterinaria de la Universidad Nacional, Ph. D. de la Universidad de Rostock, Alemania), y madre de sus dos hijos, había sido reconocida con la medalla Francisco José de Caldas, el máximo galardón a la investigación que otorga la Universidad de Antioquia.

El asunto trascendía el ámbito del orgullo de un marido o el respeto de un par (ambos trabajan en áreas afines del conocimiento).

Hemos entablado con la ciencia una relación postiza. En la actualidad, es difícil establecer la diferencia entre animalistas, conservacionistas, ambientalistas y… recreacionistas; sus voces resuenan en el medio social con un eco tan distorsionado que los hemos convertido en entretenimiento.

Cualquiera puede mencionar diez reinas de belleza, diez futbolistas (incluso 30) o diez actores, pero ¿diez científicos colombianos? Probablemente sólo lo harían sus colegas y uno que otro apasionado por la ciencia.

¿Quiénes son Susana Novoa y Érica Mejía? Las candidatas a Ph. D. de la Universidad Nacional que ganaron el Premio Unesco-L’Oréal a las mejores investigadoras. ¿Y Alirio Jiménez, Arnoldo Delgado y Wiesner Osorio? Los nominados al Premio Nacional del Inventor Colombiano 2015. Se quedan en el tintero miles de investigadores que permanecen en el silencio del anonimato.

Si disminuyen el presupuesto de Colciencias, estalla la indignación colectiva. Pero cuando la comunidad científica presiona hasta salvaguardar $50.000 millones para 2016, la opinión pública parece satisfecha. ¿Qué hay detrás del conformismo? No comparamos la inversión en ciencia con otros presupuestos del Gobierno. Ni con los presupuestos para ciencia de otros gobiernos.

El desenfado con el que miramos la ciencia, ¿será responsabilidad de los medios para abordarla? ¿De las instituciones científicas por su timidez o falta de interés en difundir sus logros ante el gran público? ¿Del enfoque en la educación escolar?

Abarquemos todo el panorama. Existe la sensación de que Colciencias se transformó en un nuevo comodín burocrático: ¿cómo se entiende que su directora, Yaneth Giha, sea una funcionaria con maestría en Estudios Políticos que venía del Ministerio de Defensa? Por fortuna, ostenta otro título de magíster: Estudios de Guerra. Bastante útil para las batallas que libra la ciencia en el país.

La divulgación científica en Colombia es un campo que el periodismo empieza a explorar con entusiasmo; no obstante, mientras la ciencia no sea considerada una política de Estado, continua, es ingenuo esperar cambios estructurales.

Si Ángela Restrepo hubiera sido coronada por una comunidad distinta a la científica, si Francisco Lopera metiera los goles en un estadio y no en un laboratorio, o si Brigitte Baptiste protagonizara dramas en ‘realities’ televisados y no en las zonas delimitadas de los páramos, entrarían en el campo de visión de muchos más ciudadanos que, tal vez, exigirían un compromiso más firme del Estado. Y el destino de la ciencia —¡que es la vida misma!— sería menos incierto.

 

 

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