Por: Piedad Bonnett

Ciencia: lo bueno, lo malo y lo feo

Es imposible no sentir deslumbramiento ante la ciencia cuando entendemos que el hallazgo del llamado bosón de Higgs o "partícula de Dios" podría llegar a explicar la Gran Explosión del universo o el origen de la materia.

Y admiración infinita por aquellos que durante años, a veces siglos, persiguen verdades siguiendo intuiciones y conjeturas que muchas veces desembocan en el fracaso. Como Hamlet, estamos tentados a exclamar: “¡Qué obra maestra es el hombre! ¡Cuán noble por su razón! (…) ¡En su inteligencia, qué semejante a un Dios!”.

Aunque el descubrimiento no trajera ningún beneficio, la sola idea de que la física devele el origen del universo nos llena de asombro y satisfacción. Podríamos pensar que tales exploraciones desestabilizan la fe de los creyentes o arruinan la inspiración de los poetas. Pero no. Ahí están los primeros argumentando que Dios está detrás del bosón de Higgs; y la luna sigue iluminando poemas después de que el hombre pisó su desolada superficie, y el amor sigue pareciéndonos un misterio a pesar de que los expertos señalen que sus estremecimientos son causados por la ínsula y el núcleo estriado del cerebro. ¿Y cómo no celebrar la ciencia cuando, además, logra mejorar la vida con trasplantes de corazón, de hígado y hasta de rostro, y permite que Oscar Pistorius, atleta sudafricano, pueda participar en los Juegos Olímpicos con un par de prótesis?

Habría que recordar que para llegar a esos resultados algunos países han tenido que invertir sumas impresionantes de dinero en formación e investigación, además de fe en los proyectos. La misma que hoy reclama el exdirector de Colciencias Jaime Restrepo, que renunció cuando supo que el presupuesto de la entidad será recortado sensiblemente. Sin desarrollo científico, sabemos, un país se estanca y cae en la dependencia.

Claro está que hay científicos de científicos, y que abundan las investigaciones que, con tal de chupar recursos de los financiadores, inflan los proyectos o se dedican a trabajar en los temas más peregrinos e irrelevantes. En estos días, por ejemplo, circulan los más ridículos resultados de investigaciones hechas en reconocidas universidades. En la de Pensilvania, por ejemplo, concluyeron que cuando hay cambios bruscos en las finanzas de una empresa es posible que su presidente sea soltero, y en la de Kansas, que por los zapatos de una persona se puede saber si es amable, insegura o ansiosa. Qué tal.

Pero algo más grave: la misma especie que descubre la penicilina o desarrolla las comunicaciones es capaz de manipular los hallazgos de la ciencia en razón del más descarado mercantilismo o para proteger intereses de los poderosos. Dos casos recientes lo ponen en evidencia: el primero, el de la GlaxoSmithKline, compañía que aceptó haber ocultado información sobre los efectos secundarios de los medicamentos, de promoverlos con engaños y de sobornar a los médicos con viajes para que prescriban sus productos. Prácticas de las que no han estado exentos otros laboratorios. Y el segundo, el de Fukushima, cuya realidad se despeja gracias a la declaración del expresidente del Consejo Científico del Japón, Kiyoshi Kurosawa, según el cual el desastre habría podido prevenirse de no ser por la “connivencia entre el Gobierno, los reguladores y la compañía eléctrica Tepco”, que, conscientes como eran del riesgo de apagón desde el 2006, no hicieron nada para evitarlo. Casos como estos son tan frecuentes, que no es improbable que llegue un día en que alguna compañía o gobierno ponga a su servicio, con alguna intención non sancta, al inocente bosón de Higgs. De razón Hamlet concluye, después de su exaltación de la inteligencia humana, que para él el hombre, finalmente, no es otra cosa que “la quintaesencia del polvo”. 

 

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