Ciencia, política y libertad

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Los Estados Unidos ya pasaron la barrera de los 45.000 muertos por el coronavirus. Es apenas el comienzo. Trump anunció en uno de sus tantos eventos públicos que, según un modelo matemático hecho en alguna universidad, la potencia del norte podría terminar sufriendo 200.000 muertos por la pandemia. Si he logrado entender bien la lógica del brutal mandatario gringo, esa referencia le permitirá decir que lo hizo magníficamente si no se alcanza esa cifra.

Esto muestra que Trump es perfectamente capaz de usar instrumentalmente la ciencia y a los expertos, y de pavonearse por la capacidad del aparato productivo de su país (“haremos más pruebas que nadie”). A la vez, está vinculado íntimamente a corrientes políticas que repudian la ciencia , en esencia, por las mismas razones por las que rechazan cualquier asomo de regulación estatal. Tal confluencia se pudo observar en las coloridas manifestaciones contra el confinamiento, apoyadas más o menos abiertamente por Trump y protagonizadas sobre todo por blancos furiosos, algunos de ellos portando armas largas. El foco de las protestas era el rechazo a la restricción de sus “libertades” y la exigencia airada de la devolución de sus derechos ciudadanos. Imposible olvidar la imagen de la mujer gritándole al especialista de la salud que trataba de proteger el aislamiento social que, si le gustaba tanto el comunismo, se fuera a la China.

Algunos también portaban consignas que inevitablemente evocan un sórdido y aterrador pasado: “Sacrifiquen a los débiles”. No, no es una extravagancia marginal: ¿se acuerdan de que hace poco el gobernador de Texas afirmó que los viejos deberían autosacrificarse para que pudiera funcionar la economía? Y aunque sus declaraciones típicamente tuvieron lugar en un ambiente de mojiganga –de inmediato cientos de personas salieron en las redes sociales a recordarle que él mismo no es un jovencito-, no dejan de constituir ya una suerte de normalización de una lógica de eliminación de la gente incómoda. Sabemos por desgracia que esta clase de cosas generalmente tienen consecuencias.

Sin embargo, aquí hay —con respecto de lúgubres experiencias del siglo XX— tanto de continuidad como de cambio. La derecha que —apoyada en redes religiosas, televisivas y radiales— azuza las manifestaciones anticonfinamiento en Estados Unidos sigue a rajatabla una agenda individualista, tradicionalista y de defensa de la Constitución, algo muy diferente de lo que abanderaron los fascistas y los nazis en su momento. El derecho a tener su religión, a cultivar sus propias creencias y a expresarlas públicamente, así como a portar sus armas (la famosa segunda enmienda), todo esto sin interferencia gubernamental, son sus puntos de referencia. Su retórica pública es una de defensa de derechos y de pluralidad de saberes en el espacio público. ¿Quién es usted —se ha preguntado y se sigue preguntando— para imponerme su convicción de que el darwinismo es la única teoría apropiada para explicar la evolución de las especies? ¿No tengo el derecho a educar a mis hijos en otras creencias, igualmente aceptables? ¿Por qué diablos he de creer a los expertos, si yo también tengo una opinión respetable?

Varios años antes de que Trump llegara a la escena política, operaba ya una fuerza —el Tea Party, cuyo nombre es una referencia a los supuestos principios fundacionales estadounidenses— que había adquirido enorme poder dentro del Partido Republicano. Trump no tiene ninguna posibilidad de salir elegido si no cuenta con su apoyo. Pero además de esto, es en buena parte a partir de esa retórica del Tea Party que ha podido ir construyendo una nueva política de la verdad, cuyo máximo y, hay que decirlo, brillante exponente es quizás su asesora presidencial Kellyanne Conway (¿recuerdan? Trump no miente, solamente se refiere a hechos alternativos).

Estas locuras matan. Lo vemos ya en la catástrofe en desarrollo en los Estados Unidos. Derivas autoritarias y libertarianismo extremista y excluyente (a veces unidos) nos amenazan...

 

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