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Por: Brigitte LG Baptiste

Ciencia y conocimiento en tiempos electorales

Al graduarme como bióloga, mi mamá me regaló El péndulo de Foucault (Umberto Eco, 1988), un texto seductor y angustiante por su capacidad de mostrar la vulnerabilidad de la cultura ante el mito. Nada tan vigente en la vida cotidiana, donde la existencia está soportada por las decenas de actos de fe en los que incurrimos voluntariamente gracias a nuestra confianza en el funcionamiento del mundo, garantizada a su vez por la educación. Unos mínimos de matemática, física, química y biología, más algo de filosofía, lenguas e historia bastaban hasta hace poco para saber que nuestra civilización es consistente, no infalible, de manera que no necesitamos verificar el universo durante el día a día para garantizar nuestro bienestar.

El conocimiento incompleto y el cambio global, sin embargo, también son reales, y sus efectos son acumulativos, de tal forma que sin investigación o educación adecuadas se convierten en alimento de los populismos, en auge electoral. Cuando la incertidumbre se alimenta de la desconfianza, los terraplanistas, los astrólogos, la homeopatía o el ambientalismo mágico, que son inofensivos mientras no se hagan cargo del diseño de infraestructura, del ordenamiento territorial o de nada que requiera el fundamento de las ciencias, se convierten en un peligro. Los universos de fantasía, aceptables por el efecto placebo o su carácter a veces poético, no pueden acceder a los lugares de poder: siempre hay que temer que el gurú de algo infecte a un sátrapa.

En tiempos de crisis climática exigimos justicia ambiental como un componente fundamental de la equidad, pues es inaceptable que el bienestar de unos se construya a costa de la destrucción del hábitat o sustento de otros, en el presente o el futuro. Falta gravísima si proviene de un engaño, como en el caso del ocultamiento de pruebas o inducción al error, propio de ciertos sistemas de propaganda corporativa o de los gobiernos autoritarios, pero también de los movimientos que conscientemente justifican escenarios convenientes a su lucha social. Matar la ciencia no es buena idea nunca, así crean que se justifique en aras de un propósito superior. Por eso, bienvenido el espacio para las pruebas piloto de aprovechamiento de yacimientos no convencionales, con todas las salvaguardas recomendadas por la comisión de expertos.

Las epistemologías alternativas existen, funcionan y se requieren, pero no son las que fabrican las conveniencias ideológicas ni la irresponsabilidad mediática. La cultura del yagé es un buen ejemplo de una interpretación del funcionamiento de las selvas ecuatoriales, intraducible en términos de la modernidad, pero robusta, consistente y ajustada a la complejidad que la ciencia intuye, pero no ha sido capaz de transmitir a los codiciosos líderes del presente.

No hay otra vacuna contra las epistemologías discordantes, falsamente disruptivas y totalmente letales en términos adaptativos, que la educación crítica, no la autoritaria que proviene de un proyecto cultural acomodaticio a las estructuras del poder o de quienes lo desean. Habrá que ver cuánto queda de ella, cuánta seremos capaces de producir en este siglo de incertidumbres ecológicas globales.

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2019-09-19T00:00:48-05:00

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2019-09-19T02:50:49-05:00

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