Por: Rafael Orduz

Ciencia y tortura

Ali Soufan, de origen libanés, fue agente del FBI hasta 2006 e interrogador en Guantánamo.

Su manuscrito del libro sobre la guerra contra Al Qaeda, que finalmente salió al público*, había sido remitido al FBI para revisión. El FBI, a su vez, lo envió a la CIA, que censuró numerosos apartes. La versión disponible en línea de Amazon contiene 417 pasajes censurados.

Hoy se discute si, después del 11/09/01, se ha avanzado en la guerra contra el terrorismo. Quizá sí, dada la muerte de Bin Laden y otros eventos. En otra dimensión, la del trato de prisioneros, lo que hay es una inmensa derrota ética y moral de cara a los principios que Occidente pregona. Guantánamo y Abu Ghraig dan fe.

A partir de informes como los de la Comisión Judicial del Senado de EE.UU. (2009) y de su propia experiencia, Soufan pone sobre el tapete, de nuevo, el uso de la tortura en los interrogatorios.

Como en una oficina en la que se discuten y tramitan numerales y parágrafos, la “gestión de la información” en Guantánamo corrió a cargo de una maraña burocrática: CITF (Criminal Investigation Task Force), órgano creado en 2002 con participación de las distintas ramas de las fuerzas armadas; el SERE, la CIA, el FBI… Y, detrás, contratistas tenebrosos de las ciencias médicas. Las técnicas incluían varias categorías. La número dos abarcaba la orden de posiciones incómodas, interrogatorios de 24 horas, desnudamiento, el uso de fobias. La tercera, el simulacro de ahogamiento (“waterboarding”, cap. 23).

El asesor médico clave fue Boris quien, según la revista alemana Spiegel (11/09/11), es James Mitchell, Ph.D. en psicología de la South Florida U. Contratista de la CIA fue, además de autor de los métodos de tortura, interrogador directo. Según el mismo Boris, “aquello era ciencia” (cap. 21).

De acuerdo con Soufan, además de ilegales, las torturas no funcionan cuando se trata de fundamentalistas islámicos, convencidos de la justicia de su barbarie. Un ejemplo es el uso de la inmersión en 183 ocasiones en el caso de Chalid Scheich, miembro de Al Qaeda, quien nunca ofreció información veraz (Spiegel, 11/09/11).

Alguna esperanza queda cuando se sabe de la oposición a la tortura por parte de oficiales como el general Alberto Mora, de la Armada (cap. 23), y que la Asociación Americana de Psicología retiró la certificación a Mitchell en 2009 (aunque el Texas State Board of Psichologysts no atendiera las quejas en su contra).

Un finquero de Texas y expresidente, George W. Bush, sostenía que el “waterboarding”, aunque algo rudo, era respaldado por médicos de la CIA, que “aseguraban que no causaba daño permanente” (CNN, Nov. 5/2010).

Ali Soufan dice que los éxitos militares y de inteligencia, y los interrogatorios, no bastan para derrotar a Al Qaeda. La otra mitad de la batalla “está en la arena de las ideas: contrarrestar la narrativa y los métodos que los extremistas usan para el reclutamiento” (A.S., conclusión).

*Ali Soufan, The Black Banners, Sept. 2011, Amazon, Kindle St.

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Rafael Orduz

Jóvenes adultos en dificultades laborales

Incertidumbre autoinfligida

Sin memoria no hay paz

Trabajo en el 2030: incierto, ¿y?

Gracias a Gonzalo Sánchez y al CNMH