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hace 3 horas
Por: Eduardo Barajas Sandoval

Ciento once escalones abajo

La competencia entre las principales ciudades del mundo por proveer a sus habitantes el mejor nivel de vida posible, se hace cada día más difícil y más importante.

Lo que se pone a prueba en la carrera por llegar a gobernarlas no es solamente la capacidad de los políticos que aspiren a ser alcaldes. A pesar de las diferencias culturales, que implican exigencias de detalle adecuadas a cada caso, según tradiciones y aspiraciones que pueden variar, existen contribuciones de diferentes índole y también denominadores comunes de la vida urbana que no se pueden ignorar. Todo esto permite hacer periódicamente un ejercicio comparativo que produce una escala dentro de la cual figurar bien es motivo de satisfacción, al tiempo que descender o quedarse por allá en los rangos bajos significa un reto al que nadie, ni técnicos, ni ciudadanos, ni políticos, se puede sustraer.


La complejidad de la vida urbana obliga a abrir el abanico de asuntos que deben salir al escenario con motivo de la calificación que hacen quienes se toman el trabajo de establecer el escalafón. Lo mismo que con motivo de los procesos electorales para la escogencia del gobierno urbano. El uso adecuado de la tecnología se introduce, por ejemplo, por derecho propio en los debates sobre el presente y el futuro de cada ciudad. La calidad de la ingeniería se ve obligada a concurrir, para presentarse con ideas armónicas en concurrencia con el ingenio de quienes se ocupen de la recreación, la salud, la educación o los procesos económicos, por mencionar apenas unos de los múltiples tópicos que configuran la cotidianidad de esos seres vivos que son las aglomeraciones humanas, que tienen su talante, sus patologías y sus depredadores, pero también sus sueños y sus deseos colectivos de felicidad.


A partir de las necesidades propias de la expatriación de personal al servicio de grandes empresas, se fue configurando un modelo de análisis de las condiciones de vida que presentan diferentes ciudades del mundo. El ejercicio acumuló un capital informativo que la Unidad de Inteligencia de The Economist abrió al servicio del público, al tiempo que configuró un escalafón de “vivilidad” teniendo en cuenta cinco grandes categorías: 1. Estabilidad, que tiene que ver con la presencia o ausencia de criminalidad, terrorismo, conflicto armado o desorden civil, 2. Servicios de salud y su calidad tanto en lo público como en lo privado, 3. Cultura y Medio Ambiente, que además del clima tiene en cuenta aspectos como niveles de corrupción y de dificultades para los visitantes, 4. Educación, otra vez pública y privada, y 5. Infraestructura, dentro de la cual figura la calidad de las calles y del transporte público, vínculos internacionales, calidad de la vivienda y de los suministros de energía, agua y telecomunicaciones.


A lo largo de varios años Vancouver se mantuvo en el primer lugar, para orgullo de los canadienses. El resultado del examen recientemente publicado muestra el descenso de esa ciudad al tercer lugar, precedida de Melbourne y de Viena. A pesar de que las diferencias entre los primeros no son grandes, y todo se juega por fracciones pequeñas, los habitantes del occidente del Canadá consideran el resultado como una derrota. La propia Unidad de Inteligencia ha advertido que la mínima pérdida de puntaje, 0.7,  se debió a los cierres intermitentes de la autopista Malahat, que restó puntos en infraestructura de transporte…… Los demás canadienses no andan tan preocupados, en todo caso en el nuevo ranking, y en los primeros cinco lugares, figuran dos más de sus ciudades: Toronto en el cuarto y Calgary en el quinto. No sobra advertir que dentro de las diez primeras, además de Melbourne, figuran Sydney, Perth y Adelaida, para dicha de los australianos.


Ahí está la clasificación. Bogotá figura ciento once escalones abajo de la cúspide. Sería bueno que los candidatos a la alcaldía se manifestaran. También sería bueno que los ítems propios de la clasificación formaran parte del juicio histórico al que se deben someter todas las administraciones anteriores, porque es difícil pensar que los defectos de la ciudad sean atribuibles solamente a un alcalde reciente, caído en desgracia. También deberían manifestarse los ciudadanos. Aunque el ranking no sea perfecto ni tengamos la obligación de respetarlo, como hacen tantos colombianos con estudios estadísticos que consideran sacrosantos y portadores de verdades absolutas, de pronto puede ser un indicio grave no sólo de las precariedades de una ciudad que algunos se atreven a presentar como modelo mundial porque muchos vienen a visitarnos para ver pasar los buses de Transmilenio, sino de la precariedad de las propuestas de algunos de los candidatos a gobernarla, y del reto que todos debemos afrontar para sacarla adelante.

 

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