Cinco aclamado pa’ una profe de Cali

Noticias destacadas de Opinión

“Los pueblos que no conocen su historia están condenados a oír a Diana Uribe”, dice un amigo historiador. Y lo dice tomando el pelo porque a él como a mí, le parece muy bueno lo que hace Diana desde hace tantos años al acercar la historia a la gente y extraerle el elemento esencial de cuento, de relato, de narración, y de ese modo quitarle la ceremonia, el formalismo, la épica acartonada que ha terminado por alejar a las mayorías de algo tan definitivo como la historia.

Diana ha logrado hacer lo que no han conseguido la mayoría de profesores de este país: convertir el conocimiento en algo que puede ser divertido, en el que se intentan encontrar explicaciones, rastrear pistas y resolver incógnitas, y que se vincula con la vida personal. Es un pensamiento revolucionario ese de poner a otros a pensar que su bienestar o sus deficiencias de hoy, e inclusive que algunas minucias mucho más cotidianas, tienen todo que ver con las decisiones personales que en su momento tomaron o dejaron de tomar padres, abuelos, bisabuelos y de ahí para atrás en una cadena larguísima de ADN y periodos históricos, pero también con las decisiones colectivas e imperativas que asumieron reyes, príncipes, papas, presidentes, y que afectaron las economías, las costumbres, los prejuicios, las ilusiones, los proyectos de esos padres, abuelos, bisabuelos, etc.

Yo quisiera ver un programa de Diana sobre los falsos positivos, por ejemplo, como suceso de la historia colombiana, de los más aberrantes y vergonzosos, que tantos quieren silenciar e inclusive desconocer. Uno, en particular, con el mismo apellido de Diana. Y puedo apostar a que él se le vendría encima, él y los suyos, cuando ella empiece a relatar con detalles y en su estilo descachalandrado lo que ya sabemos a hoy, y plantee las preguntas que aún siguen irresueltas.

A Diana le podría suceder lo que le acaba de pasar a la profesora Sandra Ximena Caicedo en un colegio de Cali llamado Libardo Madrid, luego de poner un taller a sus estudiantes de noveno grado para que respondieran nueve preguntas en dos semanas acerca de los falsos positivos. La finalidad, desarrollar competencias de participación y responsabilidad democrática; la metodología era averiguar en la red, en documentos, en conversaciones, y responder los interrogantes. El plazo, el próximo 15 de abril. En el cuestionario se leen preguntas bien estructuradas que buscan generar conocimiento, pero a la vez conciencia crítica. En otras palabras, a estos adolescentes los pusieron a pensar, como tarea escolar, en lo que millones de colombianos no han querido o no se han interesado en ponerse a pensar. Algunas preguntas: ¿Por qué es especialmente grave que el Ejército y el gobierno colombiano estén implicados directamente en el tema de los falsos positivos? ¿Quiénes son las madres de Soacha y en qué ha consistido su lucha? ¿Cuál es la responsabilidad del expresidente Álvaro Uribe en el tema?

De inmediato y con la saña acostumbrada saltaron los uribistas a perseguir a la profesora por estar “adoctrinando” a sus alumnos. Jaime Arizabaleta, hijo del exgobernador del Valle del mismo nombre, enredado hace años en el proceso 8 mil, trinó sobre esta maestra para luego añadir: “secuestran la educación unos tipos que en lugar de enseñar se han dedicado a la politiquería. Hay que denunciarlos”. No sé qué tan asustada esté la docente porque hubo inclusive amenazas, además del acostumbrado arsenal de descalificarla como educadora, como mujer y hasta como madre (sin saber si es madre de familia o no).

Sandra Ximena merece un cinco por su ejercicio en el colegio de Cali, pero no debería ser algo excepcional pues eso es justamente lo que tendrían que estar haciendo los profesores en todo el país: plantear preguntas claras, difíciles, cuyas respuestas nos siguen debiendo las autoridades, y de alguna manera poner a pensar a los jóvenes en que aquí han ocurrido cosas terribles, vergonzosas ante el mundo, en las que casi nunca se llega a los responsables de nada. También, que esta es una patria desde siempre construida con verdades a medias, con certezas de poca importancia, y con mentiras muy viejas, lo cual ha contribuido a una gran confusión colectiva, al marasmo de ser colombiano.

Confieso que uno de los fenómenos de los últimos años que me quita el sueño es no lograr entender cómo grandes sectores de la población que no pertenecen a la casta terrateniente, ni a los clanes políticos, ni ostentan los privilegios del alto empresariado, ni guardan relación primaria o tangencial con el narcotráfico, que tampoco han sido víctimas directas del conflicto armado, pueden manifestar una simpatía abierta y hasta entusiasta por un personaje como Álvaro Uribe Vélez, y una negación terca a los tremendos lunares de su proyecto político, a la inquietante cercanía con la corrupción de muchos de sus militantes, la mentira y la deformación como puntales del discurso político, la dispersión y el malestar como estrategia para mantener el predominio, la agresión y la fuerza como ases bajo la manga, el insulto a la inteligencia de atreverse a imponer el que diga yo, y la debacle absoluta de los últimos años por haber elegido al que dijo él.

La única explicación posible se la atribuyo a Gilles Lipovetsky al hablar del fenómeno de Trump en Estados Unidos, y es que liderazgos así solo pueden prosperar en pueblos con serios problemas de educación, vista esta no solo como asunto de títulos sino de sentido crítico y de claridad ética. Son esos pueblos los que, por principio, rechazan la verdad, la maldicen, la evitan, pues se sienten menos amenazados en su propia oscuridad. Amenazados por un enemigo externo, pero sobre todo por el tener que asumir unas posiciones que a menudo son insostenibles en sus propias vidas.

Llama un poco a la ilusión la respuesta firme del colegio de respaldar a la maestra, y aún más la de la Alcaldía de Cali al afirmar que actividades así deben seguir adelante.

Yo quisiera ver las repuestas que van a entregar los chicos el próximo 15 de abril.

Comparte en redes: