Por: Daniel García-Peña

Cinco años después de Katrina

HACE CINCO AÑOS, NUEVO ORLEANS se encontraba en medio del caos. Katrina la había devastado, los muros de contención habían colapsado y 80% de la cuna del jazz se encontraba bajo agua.

Casi 24 horas antes, el alcalde Ray Nagin había ordenado la evacuación obligatoria de los 600.000 habitantes, la primera vez desde la Guerra Civil que eso sucede en una ciudad gringa. Quienes tenían con qué, salieron en sus carros, se quedaron en hoteles y luego acudieron a sus compañías de seguros. Pero cerca de 120.000 personas sin carro, casi todas de raza negra, se quedaron atrapadas. Los barrios más pobres fueron los más inundados. 23.000 lograron llegar al Superdome, el estadio cubierto que sirvió de refugio. La CNN llegó días antes que los funcionarios federales. En medio de su desespero y soledad, el alcalde Nagin, también de raza negra, se volvió noticia mundial al reclamarle públicamente a Washington: “Get off your asses!”.

Los efectos políticos fueron devastadores. El presidente Bush sufrió una caída fenomenal en su respaldo, de la que nunca se recuperó. Más que la guerra de Irak, fue Katrina el que lo enterró políticamente. En contraste, el alcalde Nagin fue reelegido en 2006.

La catástrofe evidenció el colapso del Estado, reducido a su mínima expresión por años de neoliberalismo y carcomido por la corrupción: diques viejos y sin mantenimiento, insuficiente transporte público, déficit de hospitales, bomberos y policías, etc. Y el gran beneficiado por la “reconstrucción” fue el sector privado, que asumió funciones anteriormente públicas, como recoger e identificar a los muertos. Como lo documenta Naomi Klein en La doctrina del shock, los mayores contratistas fueron los mismos que “reconstruyeron” a Irak: Halliburton, Blackwater y cía., con mano de obra de afuera.

Nuevo Orleans goza hoy una recuperación económica, con bajo desempleo y alta inversión. 80% de la población ha regresado. Pero la composición social y racial ha cambiado. Los sectores más pobres siguen deprimidos, con bajo nivel de retorno, mientras los barrios lujosos viven un boom en la construcción. Es sintomático que este año fue elegido el primer alcalde blanco desde 1978.

Y el presidente es negro. Desde el inicio de su gobierno, Obama ha impulsado un papel mucho más activo del gobierno federal, realizando obras públicas claves, como el nuevo sistema de diques, aunque el daño de la “reconstrucción” ya está hecho.

Pero ni Katrina ni Bush ni la BP (las costas azotadas por Katrina son las mismas afectadas por el derrame) han sido capaces de quitarle a Nuevo Orleans su encanto único, su riqueza cultural o su orgullo. En la medida en que terminan, los contratistas se van y vuelve a requerirse la mano de obra barata que caracteriza al turismo, la principal industria de la ciudad. Los pobres empiezan a regresar. Hay una revitalización de la cultura, de la rumba, de las tradiciones populares, como Mardi Gras. Su equipo Los Santos es por primera vez campeón de la NFL. Nueva Orleans vibra como nunca.

Un negro anciano lo expresó así: “Katrina nos enseño a no confiar en nadie, sino en nosotros mismos”.

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