Por: Fernando Araújo Vélez

Cinco personajes queriendo matar a su autor

Me atacaron con palos y piedras, con sus puños y sus gritos, pero más que los golpes y las heridas y la sangre, lo que me dolió fue que me hubieran lanzado a la cara el libro en el que ellos aparecían, el libro de sus vidas, que era mi libro, también.

Creyeron que así borrarían sus pasados, sus negros, mentirosos y tristes pasados. Sus sombras y aquellas conversaciones que pretendieron ocultar durante décadas. Sus infidelidades, sus trampas, alguno que otro crimen, alguno que otro hijo no reconocido. Pecados, misterios, secretos, perversiones. En últimas, el lado oculto de la condición humana.

Fue por ahí por donde comenzó esta tragedia, por el lado oculto de sus vidas. Y fue con ellos y por ellos, no por mí. Yo recordé, recolecté y escribí aquello que durante más de 20 años ellos hicieron y dijeron. Mi tía y sus lésbicos y clandestinos amores; su esposo y sus desfalcos y extorsiones; mi abuelo, su grupo de ultraderecha y sus cacerías a todo aquel que fuera distinto, y su mujer, mi abuela, con sus tardes de té que eran sesiones de brujería y sacrificio de animales. Mi madre y su servilismo y sus cómplices silencios, y su marido, y sus acosos. La muerte de mi padre y sus múltiples consecuencias.

Ellos, seres de carne y hueso, prefirieron la violencia a la crítica. No estuvieron a la altura que les ofrecí al volverlos personajes de un libro y, por lo tanto, inmortales. Era lógico. Eligieron quedarse en el egoísmo de sus conveniencias, que era borrar y olvidar, y pasaron por alto la literatura, que era, es, lo verdaderamente importante del asunto. Porque ellos, como yo, pereceremos. El libro, en cambio, nos sobrevivirá. Y llegará el día en el que doña Beatriz de Miranda, mi madre, por ejemplo, dejará de ser mi madre, una simple mujer de tono medio, para convertirse en un personaje eterno, una Madame Bovary, por decir algo.

Será más la mujer de los cómplices silencios amedrentada por el poder de un hombre, por los miles de años de sometimiento, como surge en la novela, que la energúmena vanidosa que me lanzó un libro luego de varios años de mutuos olvidos. Ella no comprendió la altura en la que la puse, el pedestal que le construí. Quizá nunca lo haga. Y hablo sólo de ella porque sé que fue quien lideró el atentado. Por una vez en su vida, en la vida real, dejó atrás su mutismo para convencer al pueblo de que yo le había dañado para siempre su honor y su dignidad. Y me apedrearon y me lanzaron mis libros. Fueron personajes queriendo matar a su autor.

 

 

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