Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Cinco razones

Creo que hay cinco razones buenas para votar por Juan Manuel Santos este domingo.

La primera es que —como se ha dicho en todos los tonos, y de todas las formas: y como toca repetirlo— en estas elecciones escogeremos entre guerra y paz. Se afirma, y con razón, que la paz no traerá consigo ríos de leche y miel, ni acabará como por ensalmo con los graves problemas que aquejan al país. Cierto. La paz real, la paz adulta, es menos idílica pero mucho más interesante. Nos permitirá formular mejor nuestros problemas, así como instituciones viables para tramitarlas. Nos dará herramientas para ponernos al día y salir de este ciclo homicida, miserable y empobrecedor, que se ha convertido en una maldición para generaciones de colombianos.

La segunda es tan sencilla que a veces a la gente se le olvida. La paz no es un bien que se decrete, o que caiga del cielo. La paz se conquista, con tenacidad y destreza. Parecería obvio que los liderazgos que muestren estas virtudes tienen todo el derecho de reclamar el apoyo ciudadano. Por tanto, las jeremíadas de los uribistas sobre el uso electoral de la paz me producen pasmo. ¿Acaso no agitaron ellos durante años el trapo de la seguridad democrática? Y lo hacían porque habían construido una política de la que, con o sin razón, pensaban que podían enorgullecerse. Ahora son esos infatigables propagandistas de la guerra los que le dicen a la coalición pro-paz que no tiene derecho de reclamar para sí el mérito de haberla hecho posible.

La tercera es que, pese a la enorme importancia que tiene el tema de la paz, hay más en juego. Bajo los gobiernos de Uribe, amplios sectores de la economía se mantuvieron en estado de coma y el crecimiento fue tan mediocre como el reguero de denuncias temerarias que segrega casi a diario el caudillo. Pero, eso sí, el grupo de ricos que estaba bien conectado amasó fortunas inmensas, mientras que a los celadores les sacaban las horas extras de los bolsillos. Padecimos la aterradora inmoralidad de Agro Ingreso Seguro. La salud se volvió una piñata de precios sin control, mientras que el paseo de la muerte se generalizaba para los pacientes. Se podrá decir que muchos otros gobiernos colombianos comparten ese sesgo pro-rico. Indiscutible: pero la agresividad y virulencia del uribismo no han sido igualadas.

La cuarta es la brutalidad de Uribe y su combo. Su forma preferida de expresión es el grito. Y parte esencial de su programa es la revancha: contra mucha gente. Este talante es el correlato natural de una profunda convicción de método: todo vale. Espiar, mentir, hacer trampa. ¿Puede el uribismo exhibir una semana en la que no haya protagonizado un escándalo de proporciones? Que yo sepa, no. Los de esta: acusación fullera contra el periodista Giraldo de RCN por supuestamente esconder evidencia incriminatoria contra la Registraduría, declaraciones del coronel González del Río, declaraciones del Tuso Sierra.

La quinta: los gritos del uribismo no son de aflicción, sino de odio. Pues estos tipos no representan a las víctimas de las guerrillas. Juan Fernando Cristo o Alan Jara, entre miles de colombianos que han sido agraviados por ellas, apoyan con enormes generosidad, honor y convicción los procesos de paz. Lo que expresa Zuluaga es mucho más pequeño, y más cercano a su animal insignia: la manipulación astuta del dolor.

Si usted no es enormemente rico, si no está bien conectado, si quiere la paz, o si simplemente no le gusta tener en la sala de su casa a Zuluaga gritando como un energúmeno, o a la ya célebre loca de las naranjas arrojándoselas a la cabeza, recuerde que este domingo no puede equivocarse. No deje que se nos metan al rancho. Vote bien. Vote por la paz.

 

 

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