Por: Carlos Granés

Cinco versiones de Adriano

HAY MUCHAS FORMAS DE ESCRIBIR una reseña sobre una novela.

Se pueden contrastar los objetivos que tenía en mente el autor y su destreza literaria para alcanzarlos, por ejemplo, o se pueden analizar sus medios expresivos, su estructura narrativa o su lugar en una tradición. Todos estos acercamientos son necesarios y pertinentes, pero suelo tener predilección por los que enlazan los temas de una novela con la experiencia humana; aquellos que muestran la maravillosa imbricación que puede darse entre las fantasías de un escritor lejano y la propia vida de quien lee.

En estos días de Filbo llegó a mis manos la tercera novela de Mauricio Bonett, Cinco versiones de Adriano, y mientras la leía me fui dando cuenta de que, con independencia de la compleja estructura que utiliza —varias voces que se intercalan en mails, diarios, diálogos y recuerdos— y de la riqueza de su vocabulario —la improbable mezcla de Nabokov con el ingenio cachaco—, lo más logrado del libro eran las escenas de un grupo de amigos que se enfrentaba a la dura tarea de contrastar las expectativas vitales que había incubado en la juventud con la realidad de sus vidas adultas.

Jóvenes y curiosos, los protagonistas se convierten en un grupo inseparable condenado a separarse desde el momento en que se conocen. La fractura se da por varias razones, pero sobre todo por la tragedia y maravilla que significa ser joven y tener derecho a exigirle todo a la vida sin sentirse obligado a devolverle nada a cambio. No hay mejor aglutinante para un grupo de amigos veinteañeros que el alto e injustificado concepto que tienen de sí mismos, las enormes expectativas vitales que proyectan hacia el futuro y la sensación de que sólo a ellos les está reservado un trono en el panteón intelectual y artístico. Ser un joven con vocación tiene mucho de eso, y forjar una amistad juvenil con personas afines implica soltar amarras para que la imaginación construya un futuro acorde con la narcisista percepción que se tiene de uno mismo.

Pero la vida es un reto similar al que tiene que encarar un escritor: lo difícil no es qué contar sino cómo. Nuestros deseos siempre decorarán con esplendor el porvenir, olvidando que nuestras capacidades nunca dan la talla de nuestras ambiciones. Madurar supone encarar las frustraciones que emergen cuando esa vida maravillosa, llena de éxitos y logros, adquiere el rostro de una monótona lucha por la supervivencia. No queremos verlo. Nos molesta cuando descubrimos que no estamos a la altura de nuestra propia imagen, y por eso en la novela, a medida que el grupo de amigos va advirtiendo que no será lo que soñaban, su amistad deja de ser algo excitante y se convierte en un espejo trucado que devuelve una imagen desconcertante de ellos mismos. Ahí reside el drama central: al llegar a una edad madura ya no se teje con ficciones el futuro, sino el pasado, tratando de encontrar justificaciones que expliquen por qué las cosas no salieron como estaban predestinadas a salir. El joven se inventa un futuro imaginario invocando la esperanza, el adulto convierte su pasado en ficción esquivando la sensación de fracaso.

 

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