Por: Andrés Hoyos

Cinismo al borde de la muerte

LA PELÍCULA DEBERÍA LLEVAR EL TÍtulo de esta columna y tener de protagonista a un viejo charlatán que, en efecto, estuvo y quizá esté al borde de la muerte: Fidel Castro.

A poco de resucitado, el dictador invitó al periodista Jeffrey Goldberg, del Atlantic Monthly, a deleitarse con la versión cubana del Seaquarium. En una de esas, Goldberg le preguntó si todavía valía la pena exportar el modelo cubano, y el cínico de la barba rala contestó sin tragar mucha saliva que el modelo ni siquiera funcionaba ya para la isla. Goldberg no lo podía creer. La historia, en vez de absolver a Castro, lo acababa de echar a la basura.

Corte a los años cincuenta, cuando se debatió la esencia de la materia. El Fln argelino optó en ese entonces por recurrir al terror en su lucha contra el colonialismo francés, con el argumento, cierto en la premisa, de que los franceses torturaban sistemáticamente a sus prisioneros y de que la Oas, la organización pied noir de extrema derecha, también recurría al terrorismo. Albert Camus, condenándose con ello a un ostracismo intelectual muy amargo, afirmó que eran los métodos los que hacían justos los fines y que si para obtener la independencia de su país había que recurrir al terrorismo indiscriminado, la justicia de la causa desaparecía. Es imposible no comparar esta situación con la Guerra a Muerte desatada por Bolívar hace casi 200 años, agregando una pregunta necesaria: ¿se aprende algo con el paso del tiempo?

Ya en el siglo XXI lo que se debate es si siguen existiendo circunstancias tan extremadamente injustas y/o fines tan extremadamente virtuosos que ameriten el uso del terror o el gobierno eterno. Camus murió pensando que no. Sin embargo, no ha muerto la tradición extremista según la cual los cambios que se necesitan son tan drásticos que no se pueden alcanzar sino mediante la lucha armada, la cual, lo hemos visto, cuando se prolonga deriva ineludiblemente en terrorismo: en Argelia, aquí, en todas partes. El premio, por llamarlo de algún modo, es un régimen que llena al pueblo de felicidad durante un largo tiempo, digamos, medio siglo. Presumo que si los cambios que se buscan son menos drásticos y permanentes, no cabe ninguna discusión de que el recurso a la violencia, hasta en la vertiente no terrorista, tiene que descartarse de plano.

Viene entonces un anciano hablador a decirnos que incluso él sabe que su paraíso en la tierra es un fraude y que después de su muerte habrá que poner a Cuba patas arriba para que funcione. Estamos ante el cinismo en su estado puro, así Castro ahora ande haciendo cabriolas para asegurar que cuando dijo “digo” dijo “Diego”. Por si acaso, la frase del escándalo no fue la única mofa que Castro endilgó a la Revolución cubana ese día. Preguntado por Goldberg por qué el show de los delfines lo dirigía un físico nuclear, Castro contestó con una carcajada: “¡Lo pusimos aquí para que no le dé por construir bombas atómicas!”, chiste macabro, sobre todo viniendo de quien alguna vez le dijo a Kruschev que no le temblara la mano a la hora de iniciar la Tercera Guerra Mundial. Vivir para ver: ¡en Cuba los físicos nucleares ahora sirven para adiestrar delfines!

El cinismo en Colombia tiene el mismo origen: las Farc y el Eln ponen bombas y minas quiebrapatas, pero aparte de ensordecernos con su cháchara, no nos dicen en qué consiste a estas alturas el paraíso de concentración que quieren implantar.

 

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