Por: Eduardo Barajas Sandoval

Circo máximo de política internacional

Los desarrollos de la política exterior tienen motivaciones y efectos internos difíciles de ocultar, que en manos de ciertos protagonistas pueden enrarecer el ambiente internacional. 

Existen gobernantes que solamente cuando llegan al poder descubren que tienen que cumplir obligaciones exteriores en las que jamás habían pensado, o que no fueron objeto de su interés ni de su experiencia política. Sus actuaciones internacionales difícilmente se pueden desligar del ejercicio de esa jefatura interna cuya vigencia les importa más que nada, así sea para atender los mandatos de su propia vanidad. 

Sean fruto de la cosecha de un servicio exterior profesional e ilustrado, o de la improvisación propia de estados en eterna formación, las consideraciones sobre la forma de orientar la política internacional de cada país llevan un ingrediente menor o mayor de conveniencia interna, de la que nadie puede escapar. Frente a ello la sabiduría convencional recomienda prudencia a la hora de poner en la balanza esas consideraciones frente a la defensa del interés nacional o la promoción del mismo en el escenario exterior. 

La reunión anual de la Asamblea General de las Naciones Unidas es una de esas ocasiones en las que se produce la sensación, equivocada por supuesto, de que cada jefe de Estado o de Gobierno del mundo es escuchado por todos los demás. Siendo que, en realidad, solamente los muy poderosos, los extravagantes o los estridentes, consiguen llamar por unas horas la atención de la prensa internacional, si la coyuntura permite que lo dicho desde el podio tenga algún efecto en la opinión mundial. 

Salvo los anuncios de los verdaderos líderes mundiales de moda, condición que con frecuencia adquieren más por sus defectos que por sus virtudes, los únicos que se ocupan, con fervor, de resaltar lo que uno u otro gobernante diga, son los agentes de la prensa amiga de su propio país. Entonces no paran de exaltar la supuesta trascendencia mundial de los anuncios, consejos, advertencias, reclamos, excusas y hasta amenazas de su respectivo orador. Sin que a nadie más le interese para nada la secuencia de peroratas de un desfile interminable de personajes que en las dimensiones del conjunto de las naciones tienen poca significación. 

La reunión de la Asamblea General del presente año ha coincidido con una época inédita de extravagancias e incertidumbres. Extravagancias por la actuación de gobernantes exóticos que contravienen los cánones ordinarios de la diplomacia contemporánea, con actos o declaraciones de amenaza mutua de destrucción. Incertidumbres porque su protagonismo constituye ya una guerra verbal que, por tratarse de personas armadas y difíciles de comprender, termina por convertirse en una amenaza para la paz y la seguridad de todo el mundo. 

Los presidentes de los Estados Unidos y de Corea del Norte, el uno de manera directa y el otro por medio de su ministro de Relaciones Exteriores, hicieron con virulencia la semana pasada gala de su falta de límites al referirse al otro, en una demostración de fuerza que tal vez les sirva para consolidar al interior de sus respectivos países su imagen peculiar de liderazgo y de dureza, base de su prestigio y también clave de su destino. Solo que, de paso, con su actitud reiteran su contribución a menoscabar seriamente la precaria tranquilidad de un mundo que mira con asombro los preámbulos de una guerra que, por definición de las partes, se ha concebido como nuclear. 

Una vez más los Estados Unidos se encuentran, en materia de política exterior, en una de esas encrucijadas que les plantean dificultades cuando tienen que escoger entre sus valores y sus intereses. Situación que se hace más compleja cuando su Comandante en Jefe solo tiene experiencia en el mundo de los negocios, donde destituir a alguien o sacarlo radicalmente del juego en una u otra actividad es una opción a la mano y una oportunidad de acumulación de poder. Su tono en la Asamblea fue el de una especie de “magnate armado de talla mundial”, que por fuerte que sea su país no corresponde necesariamente a la realidad.

Para Corea del Norte, por su parte, el manifestarse desde el podio de las Naciones Unidas fue una ocasión privilegiada para reiterar un discurso con profundas motivaciones internas, que presenta como de defensa hechos de abierta agresión, en ejercicio de contradicciones que resultan difíciles de descifrar en los términos del pensamiento occidental. Con el ingrediente adicional de haber encontrado, por fin, quien le responda en tono similar, y con motivaciones parecidas, luego de años de ansiedad por ubicarse, a su manera, en primera línea de las disputas propias del poder internacional. 

Si al cruce de misiles verbales entre Corea del Norte y los Estados Unidos sumamos la inocuidad de decenas de declaraciones de gobernantes que solamente son reseñadas, como si hubieran sido gran cosa, por la prensa de sus respectivos países, podremos apreciar cómo la Asamblea General del presente año ha constituido una representación dramática que deja otra vez el sabor de la inutilidad de esa secuencia de intervenciones dispersas que no son sino testimonio de las precariedades de la institucionalidad internacional. 

Los méritos de las Naciones Unidas radican tal vez en el trabajo detallado de algunas de sus agencias, que se ocupan de problemas específicos en diferentes lugares del planeta. Pues está demostrado que el Consejo de Seguridad, aun cuando actúa de manera unánime, no tiene la fuerza suficiente para cumplir su cometido, y que la Asamblea General solo sirve para que los extravagantes de turno hagan gala de su irreverencia, cuando no de su insolencia, frente a las leyes no escritas de comportamiento en la sociedad de naciones. 

Con el ambiente enrarecido por ese espectáculo circense de declaraciones disonantes, los protagonistas, grandes y pequeños, regresan a sus bases con el peligro de contagio de una retórica que, en la medida que se extienda, cosa que es posible, hará del mundo un lugar cada vez más inseguro, y a sus instituciones más inocuas. 

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