Por: Aura Lucía Mera

Ciudad errática

DICEN QUE LA ROPA SUCIA SE LAVA en casa, pero creo que la ropa sucia se lava y punto. Cali, mi ciudad, la quiero y me duele, me irrita y me seduce. La he visto crecer, florecer, deshojarse, podrirse, desbaratarse y repartirse en trocitos.

Hace unos días me di en recorrerla. Sur, norte, oriente y occidente. Encontré una ciudad diseñada por Ripley para ganarse el concurso de “aunque usted no lo crea”. Los barrios de estrato seis, léase el suroccidente y algunos del noroccidente poseen las peores calles, que ya son foramenes en que si el carro, la bicicleta, la moto, el peatón o el ciclista se caen, no vuelven a aparecer jamás. Carecen algunas zonas,  “privilegiadas”, de alumbrado público y la basura se recoge cada vez que San Juan agacha el dedo. Por el contrario, los barrios orientales, a algunos de los cuales no se atreve a llegar ni la Policía, tienen autopistas, separadores llenos de árboles, callecitas adornadas con macetas. Otros sectores están enmarcados por caños nauseabundos y cambuches de cañabrava y plástico. Bandas de niños-delincuentes se agrupan como piñas asentando territorio. El Centro, que podría haberse conservado como La Candelaria en Bogotá, se deshace por sí solo. Entre vendedores ambulantes y buses que le han hecho conejo a la chatarrización se matan entre ellos por lograr un centímetro de vía.

Las viviendas del mal llamado Interés Social, en medio de este valle extenso y caluroso, son jaulas construidas con los peores materiales, con paredes prácticamente de ladrillos huecos, donde piensan “hacinar familias” de ocho o diez personas en nombre de la dignidad y el desarrollo. Sí. Hacinar. Como pollos en gallinero. Para que se contramaten  viviendo encerrados, acalorados, sin espacio ni privacidad alguna. En medio de estos terrenos parecidos a campos de concentración de repente se alzan casas de mármoles verdes, cisnes fosforescentes en la entrada y ventanas polarizadas… a buen entendedor pocas palabras bastan. Pululan las clínicas dentales, blanqueadoras de dineros y dientes simultáneamente.

Ancianos tirados a los caños y a los andenes, sin papeles ni documentos para que se terminen de morir a lo mejor comidos por los gallinazos. Ángeles de la guarda en piel de mujer que los recoge y los cuida. Cementerios monopolizados por los curas que no perdonan los trecientos mil de cada entierro de estos seres.

Ciudad robada y saqueada. Desarticulada y sin ningún sentido de pertenencia. Microcosmos caóticos que no tienen ningún puente de unión entre sí. Repúblicas independientes, sólo unidas en el abandono y la desidia.

Cali habla de megaproyectos actualmente. Absurda meta, cuando no tiene  satisfecha ni las principales necesidades, las básicas de sus ya dos millones de habitantes. Con que el altísimo gobierno municipal se concentrara en pavimentar lo que existe, alumbrarlo, recoger la basura, garantizar el agua, construir parques, responsabilizarse de la educación de los niños, y arreglar todo el despelote existente, chatarrizar lo que sobra, organizar el caos general, pasaría a la inmortalidad. No pedimos más.

 

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