Por: Augusto Trujillo Muñoz

Ciudad musical

Hace unos 130 años, un ciudadano francés que visitaba Ibagué descubrió que la música era un suceso cotidiano entre sus habitantes. Después de escuchar el susurro de tiples y guitarras, acompañados de voces sorprendentemente educadas, el ciudadano francés visitó a don Mirtiliano Sicard y, pocos días después, a doña Isabel Varón, en cuyas residencias se celebraban, noche tras noche, veladas musicales. Puso en sus manos un artículo titulado “Ibagué, ciudad musical de Colombia”.

Antes de una década el Colegio de San Simón, fundado por el general Santander, había consolidado un programa de enseñanza musical impulsado por el gobernador Manuel Casabianca. Su sucesor, José Ignacio Camacho, transformó aquella clase en Academia de Música. En 1910 un grupo de ciudadanos dio vida a lo que llamó la “Junta de Tolimenses”, integrada por Fabio Lozano Torrijos, Alberto Castilla Buenaventura, Fidel Peláez Arboleda, Gentil Caicedo Montealegre, Jorge Iriarte Rocha y Manuel Antonio Bonilla, y se ocupó de múltiples aspectos cívicos y culturales, entre los cuales estaba el Conservatorio.

De allí en adelante el maestro Castilla se empinó hacia el liderazgo regional, con el pentagrama en la mano. Diseñó la sala de conciertos que aún existe y organizó, en 1936, el primer Congreso Nacional de Música, que hizo simbiosis entre la música popular y la música culta, con una gran resonancia nacional. Castilla compuso el Bunde, que se convirtió más tarde en himno del Tolima mediante ordenanza presentada a la Asamblea Departamental por el diputado Ismael Santofimio Trujillo.

En la segunda mitad del siglo XX el Conservatorio consolidó su importancia gracias al talento de Amina Melendro de Pulecio. Lo convirtió en universidad musical y organizó, durante una década, el Concurso Polifónico Internacional, que relanzó a Ibagué como ciudad musical. En ese período grandes inteligencias musicales dejaron su impronta en esas aulas: Leonor Buenaventura de Valencia, Alfredo Squarceta, Teresita Melo, Garzón y Collazos, sin mencionar a los directores e integrantes del famoso Coro del Tolima, que constituyó una auténtica embajada cultural del Tolima en el exterior.

Después de atravesar días críticos, en medio de inexplicable indiferencia dirigente, el Conservatorio encontró, en buena hora, un solidario equipo de amigos de la cultura, de la música, de la región, encabezado por Armando Vegalara. La idoneidad, el tesón, el compromiso de Armando con tan nobilísimo empeño produjo sucesivos resultados en estos últimos años. El Conservatorio, las autoridades públicas, los sectores vitales de la región respondieron positivamente.

La semana anterior la ciudad se engalanó con el Ibagué Festival. La presencia de artistas extranjeros de primer orden hizo que los del Tolima se empinaran hacia el nivel de los visitantes. Quizás la Fundación Salvi descubrió en Ibagué un talento musical que no alcanzaba a imaginarse. En la próxima columna me referiré al Ibagué Festival. Pero quiero anticipar unos nombres, además del de Armando, a los cuales la ciudad debe alto reconocimiento: Julia Salvi, Mateo Vegalara, Alejandro Mantilla, James Fernández y, por supuesto, los artistas formados en el Conservatorio. Gracias a ellos Ibagué está recuperando su historia grande como ciudad musical de Colombia.

@Inefable1

* Exsenador, profesor universitario.

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