Por: Pascual Gaviria

Ciudadanía activa

LA DESCONFIANZA FRENTE AL ESTAdo es una de las facultades ciudadanas de más difícil ejercicio.

Suele estar emparentada con las alucinaciones paranoicas o convertirse en un simple reflejo condicionado o ser una profesión de fe inmune a los hechos. Pecados por exceso que provocan la ilusión de luchar contra un titán con mala fama probada. Por defecto se puede llegar con facilidad a la resignación, la candidez bien alimentada o la franca complicidad. Encontrar el justo medio de recelo que merecen las oficinas públicas es siempre un desafío.

Hace unos meses se conformó en Medellín un colectivo que parece contradecir el lugar común de las organizaciones no gubernamentales. Sin renunciar al disenso frente a la administración municipal, sin dejar de cuestionar los diagnósticos sobre algunos problemas de la ciudad y sin jugar al proselitismo partidista, más de 10 ONG crearon el movimiento Ciudadanía Activa. Una iniciativa que reconoce la fragilidad de las instituciones de gobierno municipal frente a los poderes ilegales, al tiempo que pretende ser una voz importante en la disputa que las mafias han planteado para apoderarse de algunas instancias del gobierno municipal, la fiscalía y la policía metropolitana. La premisa fundamental que logró que las organizaciones constituidas para ejercer vigilancia sobre las actuaciones públicas terminaran rodeando la institucionalidad y alentando al alcalde en su cara a cara contra las mafias es muy clara: “El Estado está en juego”.

La disyuntiva presente es más grave que un simple desacuerdo en la aplicación de políticas públicas. La infiltración de las mafias en la Fiscalía local y la Policía Metropolitana obligó a una alianza inesperada y esperanzadora. Es posible que los embates de Don Berna y algunos políticos despechados nos dejen una herencia de participación ciudadana desprovista de prejuicios. En este caso ponerse al lado del Estado es un riesgo mayor, una posición que requiere valentía a secas y valentía intelectual. Escoger al enemigo más sórdido y más peligroso no es una decisión cualquiera. Salir a enfrentar a los caballeros de las industrias ilegales con una pancarta que dice “Las mafias nos quitan la libertad y la vida. A Medellín no vuelve la violencia, no tenemos miedo”, puede ser tanto un ejercicio de candidez como un acto de inmolación. Pero además, las Organizaciones No Gubernamentales se juegan su prestigio y su independencia al momento de hacer un frente común con quienes están llamados a ser el objeto de sus suspicacias y su escrutinio. Muchos han dicho que no vale la pena legitimar al Estado en su momento de mayor corrupción. Sin embargo, la federación de ONG en Medellín ha decidido jugar al lado de las instituciones. No es fácil moverse entre la confrontación y el apoyo decidido. La consigna es seguir ejerciendo control sobre el gobierno local al tiempo que se apoya su lucha contra las mafias. Se discuten los mecanismos y los logros mientras se respalda la meta de fortalecimiento institucional. No es fácil abandonar las consignas de siempre y guardar los viejos carteles. Pero parece que en Medellín se está gestando una posibilidad de participación distinta a esperar la llamada del encuestador de turno.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Pascual Gaviria

Violencia oscura

Ocaso del mandamás

Fragilidad democrática

Opio sin pueblo

Bronca al parque