Por: Ciudades invisibles

¿Ciudades?

Hace poco más de medio siglo, este era un país de pequeñas poblaciones, pero ahora, a medida que crecen, las grandes capitales son peores ciudades.

Bogotá está desbaratada de la mano de la corrupción de izquierda, peor que la de la derecha, por aquello de la experiencia. Aunque pocos caleños se dan por aludidos, Cali está mal por su carrusel, ya no de contratistas sino de alcaldes malos, varios de los cuales han terminado en la cárcel. Esta ciudad comparte la corrupción con Barranquilla, pero sin la “gracia” costeña. Y Medellín sigue con su vieja violencia, que no había sido detenida por las bibliotecas —ni mucho menos por su frívola arquitectura espectáculo, a la que se supeditó su bienvenida importancia como casas de cultura—, sino por el paramilitarismo que ponía “orden” en sus problemáticas comunas.

Esta situación se debe al vertiginoso crecimiento de las ciudades en un país sin política poblacional, a los contratistas de obras públicas que reemplazaron a los dueños de los buses como dueños de las ciudades, y a un electorado ignorante de lo urbano, pues acaba de llegar a unas ciudades que no lo son del todo. Este electorado vota, arrastrado por los propietarios de buses, convencido de las promesas populistas e improbables de los candidatos de elección popular,  financiados a cambio de futuros contratos que pagarán los que cancelan impuestos sin darle importancia a lo que se hará con ellos. Es decir, una democracia imperfecta en enormes ciudades nada perfectas.

Para que seamos un país de verdaderas ciudades tenemos que procurar que seamos primero uno de ciudadanos. Ya lo dijo Aristóteles: “Una ciudad es un cierto número de ciudadanos, de modo que debemos considerar a quiénes hay que llamar ciudadanos y quién es el ciudadano...” (Política, s. IV a.C.). Comúnmente se piensa que ciudadano es el que habita en la ciudad, pero pocos entienden qué es habitar y qué es ciudad, y por eso votan mal. De ahí la importancia de la educación ciudadana, como lo demostró Mockus, y que los medios de comunicación se deban ocupar mucho más de las ciudades en tanto “escenario de la cultura”, como lo precisó Lewis Mumford (La cultura de las ciudades, 1938), pues en ellas pasan casi todas las noticias que publican.

Benjamín Barney Caldas.

 

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