Por: Ana María Cano Posada

Ciudades leídas

Decía Rogelio Salmona que no hay invento humano igual a la ciudad. Y que existe arquitectura en los lugares que transforman.

En las ciudades se guardan comprimidas la cultura y la humanidad que las ha conformado; ellas pueden ser leídas por extranjeros que las recorran con el interés de encontrar semejanzas y extrañezas. A más referentes visuales, sonoros, olfativos, gustativos y táctiles que hayan reunido estos espacios, más fluida es la lectura de la ciudad para el recién llegado.

A manera de retozo, hago estos trazos de unas ciudades memorables.

Entre torreones en una curva empinada de la calle en piedra se oye una gaita de una época incierta, hoy como en el Medioevo. En una vitrina se vislumbran aditamentos de magia. Un zorro diminuto escapa por una acera desde un parque. Un bar del siglo XIX y otro, el Conan Doyle, están atestados de brindis. Es Edimburgo, en donde nacieron las sagas de Harry Potter y de Sherlock Holmes. Literatura e inspiración pura en este paisaje cargado de ensueños.

Marcas hechas por el agua y el fuego, por el Támesis y por los incendios, dieron pie a este Londres con entramado de grúas de construcción enclavadas entre edificios canónicos. Lo enmarcan dos alertas, la del Big Ben y la del Ojo de Londres, lentísima rueda, y ambos le sirven de ojo y oído avizor. Hasta el palacio comparte adjunto un vecindario común con un don nadie. Habitantes llevados de su parecer van por la izquierda y torean a quien los ve venirse encima. Shakespeare es mención en un Cisne a la hora del té y tributo en los teatros. En una sola tarde y sin pagar una libra se va de Ur a la Babilonita de hoy del Museo Británico a la Tate Modern.

La expiación por una historia de culpas ventiladas hace a Berlín capaz de juntar dos opuestos, el este y el oeste, en una sola marca, una plaza, Alexander Platz, ombligo de la reconciliación. En un laberinto de tumbas el recuerdo mudo donde se sumergen los visitantes en el holocausto nazi. Donde estuvo el muro se mantienen la voz y la cara de los caídos, símbolos de escueta belleza. Y para celebrar que ahora están los berlineses juntos, el hombrecito de sombrero que daba luz verde en los semáforos del este está por todo Berlín, junto con los contentos osos que saludan con panzas pintadas. Desde esta latitud la bicicleta es la reina real.

Copenhague se rinde a las orillas del Báltico (como La sirena de Hans Christian Andersen), desde el palacio real hasta la ópera, todo queda al borde. El reputado restaurante Noma lo mira diagonal. Esta monarquía es capaz de albergar también en su centro hectáreas de parques y lagos, un experimento social con 42 años de existencia: Christiania, una comuna con autogestión, ocupada por hippies casi ancianos que compran marihuanas excelsas dentro de sus dominios y a cuyos delegados les toca negociar con el gobierno danés los beneficios de no pagar ni un peso por edificios que habitan y que fueran baluartes militares. Este rango de amplitud es el de la ciudad número uno para vivir.

Esta ronda pasará también por Estocolmo, Helsinki, San Petersburgo, Moscú, Budapest, Viena y París en la próxima columna. Ciudades leídas como gestos, sonsacándoles aquello que esconden. Descubiertas como la gran obra humana, la más prolija hecha por generaciones atendiendo paisajes y sobrellevando infamias.

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