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hace 4 horas
Por: Ana María Cano Posada

Ciudades leídas (II)

Se cayó un edificio nuevo y cundió la inestabilidad.

Se mueven los cimientos de nuestras ciudades recientes e improvisadas que a presión habitan los voluntarios y los involuntarios. Es irónico compararnos con otras latitudes formadas con propósitos definidos y lentos. Pero aún con esta desventaja, termino este obstinado recorrido por la civilización de la escena urbana que provoca la convivencia.

Estocolmo tiene la condición de flotar entre el lago Mälaren y el mar Báltico, con 14 islas y en una de ellas la ciudad antigua. Es la Venecia nórdica de luz oblicua, con 57 puentes entrecruzando este paisaje, cabalgados por ciclistas de todas las edades, desenfadados y elegantes. Su metro es hondo y subacuático, está iluminado con obras de arte. En su alcaldía, un soberbio palacio con arcos, se entregan cada año los Premios Nobel. Piratas y bárbaros dieron cuenta de este médano donde hoy flotan dos ciudades contiguas con 900.000 habitantes. El Museo de Arte Moderno escenifica cómo se ha llegado al refinamiento estético. Los suecos están bien plantados, son dueños de sí, alimentados del entorno.

Helsinki se define en el arte y la educación. Sibelius con su música abarca el espíritu finlandés. Alvar Aalto es parámetro arquitectónico y estético universal que surgió de esta ciudad con una conservada estructura del pasado y construcciones públicas como el Museo de Arte Contemporáneo Kiasma, que son una experiencia artística: la luz cenital aprovecha esta maravilla que saben que escasea muchos meses. Por eso su diseño tiene un museo y un distrito donde todas sus tiendas son una consagración de la forma al uso. Su cercanía con Rusia está en la lengua, las creencias y en la cocina que celebra la pesca fresca y las sopas. Hasta aquí la bicicleta y la energía corporal desbordan.

En San Petersburgo el pasado imprime carácter ambiguo. Su nostalgia zarista data de Pedro el Grande, gigante con agorafobia que quiso levantar sobre el Neva la capital admirable de fulgor europeo sin el ensimismamiento ruso. Sin la religiosidad temerosa y arcaica, bailar y beber. El Hermitage y otros palacios guardan toneladas de joyas de coronas que por un siglo ciñeron cabezas de mujeres. De Leningrado le quedaron aceras con sobresaltos de tercer mundo. Esplendor y ocaso de los Romanov; imperio ruso y soviético todavía en tensión.

Moscú apabulla. 16 millones de urgidos habitantes y ocho abajo, en los palacios del metro que construyó Stalin, son señal de la sobredimensión que es moscovita. El Kremlin cuenta cuando era una aldeíta llena de iglesias y cuando se fue conformando el régimen del que quedan en la Plaza Roja un Lenin momificado y el centro comercial GUM con 120 años, vivo. Subsiste Lenin porque a Stalin lo borraron. La generación actual ignora el imperio que tienen en su pasado. Un río en el medio y siete colinas certifican a esta ciudad como eterna.

Budapest, Viena y París apuestan entre sí por su belleza. El Danubio y el Sena organizan su trama. La naturaleza, el pasado y el futuro tienen sus enclaves en cada una. Los ciudadanos aprecian lo que tienen y se comportan. La cultura y la historia están expuestas para que las recoja el que las recorra.

Una ciudad es una gran obra abierta. Europa podrá estar en crisis, pero su gran patrimonio no está en riesgo porque está todo a la vista. En sus ciudades.

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