Por: Pascual Gaviria

Ciudades negras

HACE MÁS DE UN SIGLO EL ESCRITOR noruego Knut Hamsun se sorprendía descubriendo las ciudades negras del petróleo a orillas del mar Caspio.

Había emprendido un viaje desde Finlandia atravesando Rusia hasta llegar a la sorprendente Bakú, una ciudad de ciento veinticinco mil habitantes, blanca de polvo y negra de aceites, un pequeño infierno privilegiado por los caprichosos miasmas de la tierra.  “Un olor a aceite apesta toda la ciudad. Está por todas partes, por las calles y por las casas… Nos parece aquél el sitio más desagradable de los que hemos visitado, aunque desde nuestras ventanas podamos contemplar el mar Caspio”. Bakú era un engendro mitad persa y mitad europeo, lleno de camellos, grúas y locomotoras. Sucio y próspero. La casa de Alfred Nóbel, el petrolero más rico de la región, muerto unos años atrás, era el sitio más importante de peregrinaje.

Hamsun cuenta cómo apenas unas décadas antes de su visita, algunos pueblos iranios veneraban la llama eterna producida por los hervores del petróleo sobre el agua. Al arrojar un poco de paja encendida sobre los círculos viscosos aparecía una llama flotando, una llama que los iranios comenzaron a vigilar con devoción. Atribuyeron aquel fuego sagrado a Mitra, el sol, y levantaron un santuario blanco llamado Surakani, cerca de Bakú. “Los antiguos eran unos pobres sabios: ignoraban que la nafta se debe a las materias animales acumuladas en el seno de la tierra, o concretando más, al pescado”. Todavía en el siglo XIX quedaban algunos súbditos de las llamas del Caspio, viajaban cada año desde India y Persia para arrodillarse ante el sol de la tierra.

Hasta que su peregrinaje se convirtió en pesadilla. Llegaron en busca de sus resplandores y encontraron un nudo de máquinas rabiosas y torres engrasadas. Una fábrica gigantesca que apestaba y aturdía, que hacía temblar la tierra y escondía su dios bajo estanques oscuros. “Un rugido: América desembarca”, escribió Hamsun.

Ahora un nuevo fuego perpetuo alumbra las recién fundadas ciudades del petróleo en Siberia: las llamas de los grandes pozos brillan en las largas noches de Surgut y de Khanty Mansi. Un oleoducto va desde los nuevos santuarios petroleros hasta el puerto de Bakú. Los peregrinos son ahora trabajadores indocumentados llegados desde Tayikistán: iranios como los antiguos súbditos de Mitra que hoy entonan las oraciones de los perforadores: “Sólo conocemos una felicidad / y es todo lo que necesitamos / lavarnos las caras en el petróleo nuevo / de las plataformas de perforación”. Son las canciones de las fiestas en las ciudades de Siberia cercanas a los campos de donde se extrae el 70% del petróleo ruso. Vladimir Putin ha reemplazado a Alfred Nóbel en la nueva catedral de torres negras.

Hace poco Surgut era apenas un pueblo de garitas que intentaban soportar un invierno de casi todo el año y temperaturas de -50°C, un recuerdo de los desterrados en las orillas del río Ob. Ahora es una ciudad de 300.000 habitantes con las extravagancias administrativas y la violencia que heredan las grandes rentas petroleras. Las ciudades de Siberia se han convertido en un destino soñado para muchos, las únicas áreas rurales de Rusia donde está aumentando la población. Los pastores de renos son ahora los desplazados por el desembarco de Rusia. Los oleoductos y las plataformas han cercado la ruta de sus travesías y la prosperidad no les ha entregado mucho más que buenas provisiones de vodka.

Es muy posible que estas ciudades negras sobre la nieve sean los últimos grandes asentamientos alrededor del antiguo dios Mitra y del nuevo dios de las plataformas. Los expertos dicen que los yacimientos de miles de millones de barriles se están agotando, el descubrimiento de grandes santuarios es cosa del pasado. Siberia ha encendido sus grandes fuegos a manera de plegaria y ha cambiado sus estigmas por un milagro.

wwwrabodeaji.blogspot.com

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Pascual Gaviria

Envenenar la receta

Es mejor la seguridad

Aquelarres y linchamientos

Tronaron los mariachis

Días de bautizo