Por: Arturo Guerrero

Clara Nieto, al rojo vivo

Una mujer de la alta sociedad bogotana llega a los 94 años y escribe sus memorias. Durante ocho meses devuelve la cinta de su vida y se entrega diáfana a sus lectores. Siempre fue así. A manera de las damas parisinas de Marcel Proust, Clara Nieto Calderón recibe en casa a intelectuales, políticos y artistas de este país y de la cúpula del mundo, para compartir viandas y pensamientos.

Esas reuniones son para ella laboratorio de amistad y repaso del frenesí diario. Despliega entre vinos su risa, su rabia con la injusticia, su implacable filosofía liberal. La absorbió desde niña en el día a día con su padre Luis Eduardo Nieto Caballero, LENC, calificado tras su muerte como “héroe de la libertad” por editoriales de prensa.

“Soy consciente de este mundo de privilegios que me ha tocado en suerte”, admite en el libro “A contracorriente. Memorias de una periodista y diplomática colombiana”, de Ícono Editorial. Se presentó antenoche en el Gimnasio Moderno, fundado por su tío Agustín.

Ha tratado de tú a tú a escritores, presidentes, cancilleres, ministros, artistas, directores de periódicos y revistas, quienes le han abierto puertas aquí y en la ancha tierra. Habría podido ofrecerse al ´dolce far niente´, tocar piano, cabalgar en clubes de polo, criar con primor a sus cinco hijos y viajar cada año a Europa. Así lo hacían las amas de casa de la sociedad en su época.

Pero una pasión la taladra: la avidez de conocimiento para tumbar lo que no es justo. Clara Nieto se puso los ´breeches´, montó caballos nerviosos a galope tendido y luego se fue al exterior por media vida. Diez años en nuestra delegación ante Naciones Unidas fueron para ella un posdoctorado práctico en política, derecho y relaciones internacionales.

Clasificó documentos llegados de cien países, por impulso propio los estudió con lupa y produjo informes de prensa para la cancillería que fueron alabados por sus jefes. Tejió la diplomacia con el periodismo, profesión que “me ha llenado el alma. Ha sido una prioridad en mi mundo”.

Trabajó con ardor, no perdió asambleas ni reuniones de líderes planetarios. Adlay Stevenson, embajador de Kennedy en la ONU, le preguntó “con cierta intriga” dónde se había educado. “Les atraía mi estilo y mi personalidad”, acepta con un tris de picardía. Libró batallas intelectuales con altos funcionarios colombianos y extranjeros contradictores de sus tesis y clarividencias. Casi siempre triunfó. Cerró cada capítulo con un ¡y punto!

En la OEA, en la Unesco en París, en las embajadas en Yugoslavia y Cuba, en la cancillería colombiana, obtuvo logros inusuales para una mujer de entonces. Al tiempo levantó a sus cinco hijos y despidió para siempre a dos de ellas. Fue feminista antes del feminismo, alzó banderas callejeras contra la dictadura de Rojas Pinilla, desenmascaró al Instituto Lingüístico de Verano, ideó e impulsó el Centro Regional del Libro. Estudió derecho en la Libre, escribió libros aplaudidos sobre las guerras gringas en este continente y sobre Obama y la izquierda latinoamericana.

A un paso del centenario, cierra su autobiografía mirando adelante: “es hora de abordar nuevas motivaciones… Debo seguir viviendo con ilusión”.

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