Por: Lisandro Duque Naranjo

Clara, por si acaso

SIENDO MUY COMPETENTES LAS PERsonas que han conformado la terna para la Alcaldía de Bogotá, incluida Mariella Barragán, quien renunció y fue sustituida en la misma por Clara López, es obvio que cualquiera de ellas, a excepción de ésta última, perdería poco si no fuera nombrada por el presidente.

Aún así, la exsecretaria de Gobierno, a diferencia de sus dos compañeros de terna —Jaime Moreno y Tarsicio Mora—, no sería mucho lo que aparentemente ganaría si resultara siendo la escogida.

Por eso destaco el coraje de Clara López al haber desistido de un futuro político que podría depararle ser candidata al mismo cargo para desempeñarlo por cuatro años, prefiriendo más bien apuntarse al albur de ejercerlo durante ese residuo de tiempo que hay de junio a diciembre.

Asistimos al gesto de una mujer que arroja sobre la mesa los restos de su partido —apostándolos al todo o nada—, e inclusive descartando las expectativas de su marido para las elecciones de Concejo que ya están casi encima. Obvio que en tratándose de parejas, o es la una o es el otro, pero en el caso que nos ocupa el dilema es entre siete meses y un cuatrienio, lo que no es poca diferencia, de modo que se les celebra a ambos el detalle.

No asumo entonces esa doble renuncia sino como un proyecto íntimo de levantarle la cabeza a su partido caído en desgracia. De resto no valdría la pena y mejor que Clara se quedara donde ha estado y que Carlos Romero siguiera para donde iba.

Como quien dice, que Clara López no podría llegar a ese cargo —si es que la nombran— a limitarse por inercia a terminar cuanto dejó pendiente Samuel Moreno, a quien, qué ironía, tan pronto estuvo fuera, empezaron a inaugurarle las obras que ya tenía de un ala.

Obvio que ya como alcaldesa tendría que ponerse un casco e imprimirle un ritmo endemoniado al cese de los pantaneros y los trancones que alargaron los Nule al derrochar el presupuesto en beneficio propio.

Pero para aliviar la justa impaciencia de los bogotanos y garantizarles a éstos una urbe despejada, a Clara López le será preciso, además, convocar la ayuda cívica de esas huestes del Polo que bastante perderían si la capital cayera de nuevo en manos de los partidos tradicionales, y ni se diga del engendro del uribismo que convertiría a nuestro DC en una EPS, o un AIS, o una DNE, etc.

Los errores, tanto como las virtudes, del alcalde depuesto, tendrían que debatirse sin inhibición, pues aquellos los cometió permitiendo que pelecharan en su administración gentes de la U, del gavirismo y de Peñalosa, quienes frente a la crisis han pasado de agache sin perjuicio de continuar en sus cargos como si la cosa no fuera con ellos. En cuanto a los Nule, apenas al final reconoció que fueron una herencia que recibió de Lucho, a quien a su vez Uribe había engrupido con esa banda de buenos muchachos.

Pero virtudes también hubo, como lo de la gratuidad absoluta en primaria y bachillerato, los refrigerios y comedores óptimos para los escolares, y el aumento del promedio de estatura y peso para la muchachada popular que concurre a monumentales colegios —más de doscientos construidos y restaurados—, logros monitoreados por Harvard y la U. Nacional que instalaron a Bogotá a la cabeza de las capitales latinoamericanas en el cumplimiento de las metas educativas del milenio. Rarísimo entonces que, perdiendo el espíritu de partido, varios miembros del gabinete hubieran omitido sistemáticamente las alusiones a esas conquistas, por celos, talvez, de funcionarios eficientes como el exsecretario de Educación Abel Rodríguez, arquitecto de esas hazañas.

Ahí verá Santos si la nombra, apelando a afinidades de clase. O si prescinde de hacerlo por temor a que le levante la moral a la oposición.

lisandroduque@hotmail.com

 

 

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