Por: Guillermo Zuluaga

Clase de historia

Colombia necesita reconocerse en su pasado si quiere construirse a futuro. Quizá, sin decirlo, sea esa la gran conclusión del Encuentro de Academias y Centros de Historia que, con el lema “Las voces y memorias del río Magdalena”, tuvo lugar la primera semana de agosto en Mompox, Bolívar.

Con ocasión de la celebración de los 75 años de la Academia de Historia local, Mompox acogió a estudiosos y aficionados que desde las letras, la música, la literatura, el testimonio personal, la fotografía y desde la historia misma dieron cuenta de la gran tradición y del pasado de nuestra Nación en general y de la importancia de nuestro gran río Magdalena en particular.

A lo largo de este evento se habló de pangas y de bogas; de porros y de cumbias; se bailó bullerengue y hubo cantadoras y poetas y periodistas. Se realizaron exposiciones y visitas guiadas por algunos claustros y zaguanes por donde tanto caminó Bolívar y otros héroes de la Independencia. Quizá, también sin decirlo, se mostró que hay muchas formas de abordar nuestra historia sin necesidad de recurrir a añejos tratados ininteligibles, escritos muchas veces en un lenguaje por y para académicos.

En medio de esa programación académica, donde se exaltó nuestra tradición histórica, se filtró el tema de la necesidad de la enseñanza de la historia. Como se recordó, la “clase de historia” hacía parte del pénsum académico desde la primaria hasta la secundaria. Pero “gracias” a un decreto del Ministerio de Educación en el gobierno de César Gaviria, esta materia pasó a hacer parte de un bloque de “ciencias sociales”, donde los estudiantes recibían algunos conceptos e ideas sobre geografía y democracia. Así, la historia, que ayudó a construir nuestra idea de Nación, quedó inmersa en un relleno curricular, una suerte de mínima “cultura general” brindada sin mayores contextos ni explicaciones a los estudiantes.

En este momento hace su curso en el Congreso el proyecto de ley 166 de 2016, que busca que de nuevo en los pénsums académicos se incluya la enseñanza de la historia, con el objetivo de “contribuir a la formación de una identidad nacional, promover la formación de una memoria histórica y desarrollar el pensamiento crítico a través de la comprensión de los procesos históricos del país”.

Pero ¿qué sentido tiene el estudio de la historia en estos tiempos? Conocer y reflexionar sobre la historia quizás ayudaría a entender muchos de los actuales procesos y situaciones que vive nuestra Nación. Además, en una sociedad donde hay tanta apatía por la lectura y donde los chicos tienen como referentes a los cantantes de moda o a las estrellas de fútbol, conocer la historia ayudará a que ellos amplíen sus conocimientos de los hombres que forjaron esta república o que en algún pasaje de nuestro pasado se destacaron en sus campos, sus conocimientos o actividades.

Colombia comienza a transitar hacia un estado de posconflicto con los grupos armados, y la historia puede, al tiempo que ser una herramienta para entender las causas y consecuencias de nuestra “guerra”, ayudar a fortalecer lazos de unión y solidaridad en este país fragmentado a causa de la guerra misma, pero también por añejos regionalismos que aún perviven.

Ahora bien, de hacer tránsito favorable en el Congreso —ojalá— y tener el beneplácito del Gobierno Nacional, valdría la pena replantear esa “historia patria” que se enseñó en las aulas, donde se “mitificaron” tantos nombres y momentos, y darle cabida al estudio de realidades sociales —el conflicto mismo—, la inclusión de temas relacionados con grupos étnicos invisibles en el discurso histórico, contar también la “historia desde abajo”, y, por qué no, apoyarse en otras herramientas —como la música, el cine, la fotografía, la literatura, la prensa— para captar el interés y entusiasmar a los estudiantes.

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