Por: Hugo Sabogal

Clásicos ibéricos

Algo fascinante que tiene el planeta vino es su permanente giro hacia el hallazgo de inesperadas sorpresas. En las últimas semanas, justamente, algunas de ellas han sido invaluables fuentes de motivación en este espacio.

Pero durante mi constante búsqueda de nuevas etiquetas y orígenes, me ha sorprendido la manera como los inmemoriales blasones ibéricos se mantienen en pie, incólumes ante la ráfaga de novedades proveniente de los cuatro puntos cardinales. 
 
Tradicionales marcas españolas como Marqués de Riscal y Marqués de Murrieta no desaparecen de ninguna carta y nunca faltan en los anaqueles. Y esto es algo digno de destacar.
Lo anterior se explica porque una denominación como Rioja fue la primera en adoptar estrictos procesos de elaboración, similares a los utilizados por las más célebres bodegas francesas, desde hace más de un siglo y medio.
 
Algo parecido ha ocurrido con Ribera del Duero, la otra gran denominación ibérica, que, con un estilo menos tradicional y más contemporáneo, también se conserva bien erguida.
 
Rioja nos ha entregado desde el norte ibérico grandes y memorables vinos tintos. Esto se debe a que las condiciones climáticas de la zona y su cercanía histórica a Francia les han permitido a sus viñateros sacar lo mejor de cada una de las variedades utilizadas en las mezclas. Porque si bien la uva Tempranillo prima en la composición (siempre más del 50%), es necesario que siempre cuente con el acompañamiento de otras arraigadas cepas tintas para compensar algunas de sus debilidades, como la propensión a una sutileza excesiva. 
 
La Tempranillo aporta longevidad y los clásicos aromas y sabores frutados a fresas y cerezas. Pero requiere de la Garnacha Tinta para acentuar su cuerpo y potencia alcohólica, y de la Mazuelo y la Graciano, para realzar las expresiones aromáticas y gustativas. Algunas casas, como Marqués de Riscal, gozan del beneficio centenario de incluir Cabernet Sauvignon en sus cortes, y esa firmeza se deja sentir.
 
Entre los clásicos riojanos figuran, entre otros, Marqués de Riscal, Marqués de Murrieta, Castillo Igay y López de Heredia, y entre los vinos más contemporáneos descuellan Marqués de Cáceres, Roda, Muga, Luis Cañas y Lan. Un nuevo capítulo especial lo está escribiendo en la actualidad Artadi, una bodega de insuperables vinos tintos que ha decidido marginarse de la denominación de origen por considerarla demasiado restrictiva.
 
Al poner la lupa sobre Ribera del Duero –en el centro-norte del país– deben reconocerse dos hechos. El primera es que la importancia de la zona la ha dejado escrita con letras de molde la mítica bodega Vega Sicilia, que opera allí desde mediados del siglo XIX. Y la otra es que su reciente fama y expansión (desde 1982) se le debe, en buena parte, al viñatero Alejandro Fernández, hombre de profundas raíces raudenses y autor de reconocidas etiquetas como Pesquera y Condado de Haza.
 
Estos tradicionales y nuevos creadores han debido enfrentar condiciones adversas como ciclos cortos de cosecha, fuertes heladas invernales y calores diabólicos en sus cortos veranos, que sólo se compensan con bruscas caídas de temperatura en las noches de julio. Este último factor de contraste fue el que supo aprovechar Alejandro Fernández para generar vinos expresivos, con una intensa sensación frutada. Este trasfondo, combinado con añejamientos menos prolongados, ha contribuido a enaltecer el estilo de la zona. 
 
La biela de los tintos raudenses  es la misma Tempranillo, llamada aquí Tinta Fino o Tinta del País, que se emplea sola o acompañada de conocidas variedades francesas como Cabernet Sauvignon, Merlot y Malbec, presentes en Ribera del Duero desde hace más un siglo.
 
Además de Vega Sicilia, Pesquera y Condado de Haza, sacan la cabeza bodegas como Dominio de Pingus, Hacienda Monasterio, Emilio Moro, Pago de los Capellanes, Alión, 
Carmelo Rodero, Matarromera, Viña Pedrosa y Torremilanos.
 
Siempre es bueno regresar en el tiempo para apreciar lo que nos está trayendo este frenético presente.
 

 

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