Por: Mauricio Rubio

Clasismo fariseo y ramplón

Una de las costumbres más infames de cierta élite bogotana hasta mediados del siglo XX era contratar jóvenes campesinas como sirvientas para que los hijos de la familia se iniciaran sexualmente sin temor al contagio.

En 1935, el médico salubrista Laurentino Muñoz mencionaba “pobres seres indefensos, cándidos, a menudo víctimas de los propios varones de las casas en donde sirven; algunos padres de familia, pedagogos de una fina ética sensible a las responsabilidades, aconsejan a sus hijos ejercer la pretendida hombredad con ellas, carne de placer sin obligaciones… Los propiciadores de esta unión brutal son al mismo tiempo quienes de esa manera indigna quieren defender a sus hijos de las enfermedades venéreas”. Así, aprovechando su posición privilegiada, “los jovencitos satisfechos trafican con el cuerpo de sus servidoras”.

Para los patrones, el arreglo era casi más cómodo que la esclavitud: total disponibilidad a cambio de alimentación y alojamiento precarios, sin ninguna responsabilidad. “Cuando el abuso se divulga demasiado ante el escándalo hipócrita de unas cuantas personas, la sirvienta iniciada en la vida de los sexos sale a rodar de puerta en puerta buscando colocación, ya sin conseguirla, porque, por lo general, sufre las consecuencias de su humildad y de su ignorancia: lleva en sus entrañas el fruto de un amor grosero, de un amor sin conciencia”.

Ni hablar de la opción aún clandestina pero que entonces sí era severamente perseguida y castigada. “Si esta desheredada, esta víctima de la brutalidad sexual, en un momento de desequilibrio mental producido por el hambre, por la desnudez, por la falta de abrigo, de lecho, extermina al hijo, vendrá entonces la justicia, el Estado, a considerarla como a un ser irracional, como a una vergüenza de la especie; nadie tiene para ella compasión, nadie intenta reconstruir la historia cruel de su maternidad”.

Saturnino el sabio –según Germán Arciniegas “siempre en sus juicios erguido hasta la intransigencia, y de una independencia irreductible”– anotaba que “si en algún campo existe irresponsabilidad en nuestro país es en el del sexo: abandono de los hijos, seducciones, comercio con la ignorancia y la miseria con insensibilidad irracional. Los machos colombianos viven vanagloriándose de su lascivia”.

Dos décadas después, Lucía Rubio de Laverde también mencionaba la ignominiosa práctica, incriminando cómplices femeninas. “Desgraciadamente a muchas de nuestras mujeres les cabe una parte de responsabilidad en ese delicado problema. Madres hay que contratan para el servicio doméstico jóvenes sanas y modestas con el oculto designio de que sus hijos hallen esparcimiento sin peligros dentro de su propio hogar. Inician a la joven en una carrera en la cual ya no se detendrá. Estas matronas seguramente aprobarán que su marido frecuente las casas de diversión”.

Esta feminista temprana tenía claro que el abandono tras la seducción llevaba a la prostitución. Por eso machacaba la hipocresía de las élites. “La incitación a la caída es permanente, y universal la condenación, pues para muchas de nuestras virtuosas damas, una madre soltera es igual a una vagabunda… Las empleadas modestas se ven asediadas por los patrones quienes cínicamente les ofrecen sueldo para todo. La pobre mujer que ha sido estimulada a seguir la innoble profesión recibe todo el peso de la culpa”.

Había sobradas razones para el temor de las “familias bien” al contagio de sus señoritos. En 1928, una tesis de medicina resumió los resultados del trabajo de campo realizado en la Casa del Estudiante: tan sólo una cuarta parte de los entrevistados estaban “exentos de enfermedades venéreas antes de los 25 años”. La “clase de mujer que los enfermó” la lideraban las llamadas mujeres públicas (49%) seguidas de “numerosas sirvientas” (22%). El bulto de los contagios (93%) ocurría con estudiantes borrachos que cerraban el círculo vicioso con mucha más torpeza que decencia o conmiseración, expulsando a la calle trabajadoras domésticas infectadas por ellos mismos.

El embarazo indeseado perdió importancia como determinante del comercio sexual. La novedosa y torpe expresión del clasismo es el invento sueco para rescatar prostitutas callejeras: criminalizar a los clientes e ilegalizar la actividad, aumentando todos sus riesgos, sobre todo la violencia y el abuso policial. Un verdadero bumerán que perjudica a las supuestas beneficiarias de la represión, que ahora es taimada. Mientras tanto, glamurosas escorts siguen atendiendo políticos y empresarios poderosos en las urbes europeas, incluso en Estocolmo.

La hipócrita estigmatización de la vagabunda transformada en víctima cambió de promotoras. En tiempos del “es mi cuerpo, yo decido” como eslogan feminista sacrosanto, con obsesión por la diversidad y supuesto respeto por cualquier orientación o práctica sexual, iluminadas adalides coligadas con la caverna puritana insisten en proscribir encuentros privados que les disgustan e indignan, así sean consensuales. Confunden mujeres adultas y autónomas que deciden acostarse por dinero con niñas raptadas por mafiosos, o indefensas campesinas abusadas por hijos de papi bogotanos.

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