Por: Eduardo Barajas Sandoval

Claves de Quom

Existen antecedentes y factores de poder que, aunque no sean ostensibles en el exterior, todavía marcan el ritmo y pueden afectar desde el interior el rumbo de la revolución iraní; por lo tanto, para juzgar los eventos recientes y auscultar lo que pueda pasar en el futuro, es necesario tener en cuenta claves que no se originan en los recintos del poder de la República Islámica ni en las calles de Teherán.

La revolución de hace tres décadas fue el resultado de un proceso histórico largo, animado por la necesidad, en unos casos sentida y en otros inducida, de recuperar el curso de una historia social y cultural vinculada de manera muy enraizada al Islam y que de pronto vio su curso derivar en una dirección incierta. La corrupción y la represión del gobierno del Shah Reza Pahlavi, y sobre todo su insistencia en la occidentalización de la vida nacional, contribuyeron de manera muy considerable a que el levantamiento general fuese posible y el Ayatolá Jomeini regresara al país a dictar las pautas del nuevo régimen.

El trabajo de Jomeini no fue improvisado. No se trató, como ocurre en el caso de otros países en busca de nuevas definiciones institucionales, de un político que dio en la clave de lo que le gustaba a la gente y le ofreció al país lo que el público quería oír, a la manera de venta de un nuevo producto de consumo familiar. Las instituciones del modelo iraní contemporáneo fueron el resultado de un trabajo de naturaleza religioso - política y de imaginación institucional que tomó años en ser concebido y que, aunque parezca extraño, está justamente todavía a prueba. Si no fuese así no estaríamos viendo lo que ahora vemos.

Para tratar de comprender el modelo hay que ir mucho más atrás de los eventos dramáticos de la caída de la dinastía Pahlavi y de la llegada del Imán Jomeini a Teherán en medio de una turba millonaria que lo aclamaba porque creía en su liderazgo religioso, porque celebraba la caída del régimen anterior, o simplemente porque disfrutaba de la euforia colectiva que se produce cuando todo el mundo está en la calle con ánimo de celebrar.

El esquema del Estado Islámico, con un jefe supremo, guardián de los procesos vitales de la nación, no se puede asimilar al de las monarquías o jefaturas de estado de las democracias occidentales. Tampoco se encuentra a qué figura exactamente se pueda asimilar el papel de los guardianes de la revolución, lo mismo que el modelo de representación popular, el esquema de garantías y privilegios ciudadanos o los aparatos de naturaleza ideológica que circulan en medio de una sociedad a la que se pretende conducir bajo los dictados de Dios como gobernante.

Es equivocado juzgar, por lo tanto, a la República Islámica bajo los parámetros típicos de las tradiciones europeas, como en ejercicio de una especie de continuación de la esperanza que se mantuvo en muchos centros de poder en la época del último Pahlavi, cuando se deseaba que ese gobernante detestado por buena parte de su pueblo, y en todo caso por los líderes islámicos, fuese capaz de conciliar tradiciones zoroástricas y musulmanas con esquemas occidentales en materia política y cultural.

Los años de Jomeini en la ciudad de Quom, antes de irse a París, no se pueden olvidar. Los iraníes no los olvidan. Fue allí, en esa ciudad dedicada a los estudios religiosos y los refinamientos teológicos, en donde en realidad se fue gestando el logro de un modelo de gobierno que significara, centrada en una interpretación del Islam, la alternativa con posibilidades de arraigo popular que pudo poner fin al régimen del Shah. Fue de allí de donde surgieron las ideas esenciales de las nuevas instituciones. Y también seguramente de donde salieron ciertos conceptos de política interna e internacional extraños a la luz del desarrollo político de las democracias contemporáneas del resto del mundo.

El poder de los jerarcas estudiosos de Quom no ha desaparecido. Lo que significa que todavía allí se siguen produciendo ideas de origen religioso que tienen opción de convertirse en elementos de manejo político. Por eso la noticia según la cual sectores influyentes de las escuelas teológicas de esa ciudad, lo mismo que miembros de familias políticas fundadoras de la República Islámica, se han manifestado en contra de la forma en la que el Presidente Ahmadineyad pretende perpetuarse en el poder, es un asomo de lo que puede ser la profundización de una división de criterios y aspiraciones respecto de la cual unas cuántas claves saldrán de la ciudad de los teólogos, que subsisten allí, haciendo un oficio parecido al de Jomeini, es decir tratando de ver cómo desde una interpretación islámica se puede gobernar un enorme e influyente país.

Ex Embajador de Colombia en Irán

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